WUFEl Perú es uno de los países con mayor diversidad agrícola del mundo, en gran parte gracias a que posee 28 de los 32 climas existentes en el planeta. Paradójicamente, solo el 14 % de sus habitantes consume la cantidad de frutas y verduras recomendada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
El Perú es uno de los países con mayor diversidad agrícola del mundo, en gran parte gracias a que posee 28 de los 32 climas existentes en el planeta. Paradójicamente, solo el 14 % de sus habitantes consume la cantidad de frutas y verduras recomendada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
No tener hábitos alimenticios adecuados puede traer secuelas en la salud. “Principalmente un aumento de enfermedades crónicas no transmisibles: sobrepeso, obesidad, diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer”, señala a El Comercio Marilyn Montejo Berríos, decana de Nutrición y Dietética de la Universidad Científica del Sur.
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Además, de acuerdo con la especialista, una dieta pobre en frutas y verduras favorece “el envejecimiento precoz”.
Según la OMS, el consumo diario de frutas y verduras para mejorar la salud y reducir el riesgo de enfermedades no transmisibles (ENT) debe ser de al menos 400 g.
El peruano consume en promedio 153 g por día, siendo la proporción ligeramente mayor en las mujeres (165,5 g) que en los hombres (126,3 g). Solo el 14 % de los adultos supera los 400 g diarios, de acuerdo con un estudio de 2025 publicado en la revista ‘PLOS Global Public Health’, basado en datos de la Encuesta Nacional de Vigilancia Alimentaria y Nutrición por Etapas de la Vida 2017-2018 (VIANEV), realizada por el Centro Nacional de Alimentación y Nutrición del Perú (CENAN).
Aunque la investigación utiliza información prepandémica, sigue siendo el registro más actualizado hasta el momento, sobre todo porque es la encuesta más reciente del país que incorporó biomarcadores, junto con una evaluación de la ingesta dietética y mediciones físicas (presión arterial, talla, peso y circunferencia de la cintura).

Consecuencias de no comer suficiente fruta ni verdura
Las frutas y verduras no solo aportan vitaminas. También contienen agua, fibra y compuestos bioactivos conocidos como fitoquímicos, sustancias que cumplen un papel protector en el organismo.
“Las frutas y verduras tienen agua, fibra, vitaminas, minerales y también sustancias llamadas fitoquímicos o fitonutrientes”, explica la nutricionista. “Estos compuestos protegen a las células de la oxidación y del envejecimiento”.
Según la especialista, el déficit de estos alimentos no solo implica un menor consumo de micronutrientes, sino también una reducción de fibra dietaria, clave para el tránsito intestinal. “La fibra ayuda a prevenir el estreñimiento, que está relacionado con un mayor riesgo de cáncer de colon”, señala.
Además, los fitoquímicos —responsables del color y aroma de muchos vegetales— contribuyen a reducir el estrés oxidativo celular. Su ausencia sostenida podría asociarse con envejecimiento precoz y mayor vulnerabilidad frente a enfermedades crónicas.
Obesidad, hipertensión y diabetes
Un dato relevante del estudio fue que las personas con obesidad (120,0 g diarios) presentaron un consumo medio de frutas y verduras significativamente menor que aquellas con un índice de masa corporal (IMC) óptimo (167,5 g) o con sobrepeso (161,8 g).
En términos estadísticos, las personas con obesidad tenían 2,6 veces más probabilidades de consumir menos de 400 gramos al día en comparación con quienes tenían un IMC normal. La situación era aún más marcada en personas con hipertensión, quienes presentaban 3,3 veces más probabilidades de no alcanzar la recomendación mínima frente a quienes no padecían esta condición.

“En el día necesitamos una determinada cantidad de calorías. Si no incluimos frutas y verduras, solemos reemplazarlas por alimentos con mayor carga calórica”, explica la también docente de la Universidad Científica del Sur, quien no participó en el estudio. Ese desplazamiento, añade, “se relaciona directamente con sobrepeso y obesidad”.
La especialista señala que una dieta baja en frutas y verduras suele estar acompañada de un mayor consumo de carbohidratos refinados, lo que favorece picos de glucosa, mayor somnolencia y menor energía.
“La fibra ayuda a reducir el colesterol, mejora la sensibilidad a la insulina y evita picos de glucosa. Cuando no se consume suficiente fibra, aumenta el riesgo de resistencia a la insulina y se hace más difícil bajar de peso”, advierte.
En ese sentido, el bajo consumo de alimentos frescos no implica solamente una carencia de vitaminas o minerales, sino que podría formar parte de un patrón de alimentación que favorece el desarrollo de ENT, como la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares.
¿Por qué el bajo consumo?
¿Cómo se explica la paradoja del país? Pese a la gran diversidad de alimentos que producimos, vemos que nuestra dieta no es de la mejor calidad. ¿Acaso son malos hábitos alimenticios, falta de educación, dificultades geográficas o diferencias socioeconómicas? Probablemente un poco de todo, aunque faltan datos para conocer la raíz de este fenómeno en profundidad.
El estudio publicado en ‘PLOS Global Public Health’ concluye que factores como sexo, edad, zona de residencia o nivel educativo no se asociaron significativamente con un mayor o menor consumo de frutas y verduras.
De esta manera, el consumo medio de verduras fue similar entre las personas que vivían en zonas urbanas y rurales. Además, no se observaron diferencias sustanciales en el consumo medio ni en la prevalencia de consumo por encima o por debajo de los 400 g.
“No es solo un problema de acceso. Incluso en Lima, donde hay mayor disponibilidad, el consumo sigue siendo bajo”, advierte Montejo Berríos.
Sin embargo, otra investigación publicada en 2022 analizó las desigualdades socioeconómicas en el consumo de frutas y verduras en Perú entre 2014 y 2019. Encontró que en 2019 el 18,6 % del quintil más rico tenía un consumo adecuado, frente al 4,7 % del quintil más pobre, una brecha de 15 puntos que se mantuvo durante los cinco años estudiados.
Esta diferencia se ha identificado igualemente en otros países como Irán e India, en los que, para los hogares de menores ingresos, el costo de las porciones recomendadas de frutas y verduras puede representar más del 50 % de sus ingresos, lo que empuja a las familias hacia alimentos más baratos, pero densos en calorías y ultraprocesados.
El nivel educativo también contribuye a la desigualdad, ya que una mayor formación suele asociarse con un mejor conocimiento sobre nutrición y salud.
Otro factor que afecta el consumo de estos alimentos son los desafíos de los residentes rurales para acceder a mercados de productos frescos y una menor implementación de políticas alimentarias regionales.
La nutricionista consultada por este Diario señala que las revelaciones sobre la presencia de agroquímicos en verduras más allá de los límites permitios también han afectado el consumo de frutas y hortalizas en el país.
No obstante, advierte que el riesgo debe evaluarse en perspectiva. “Es más riesgoso dejar de consumir frutas y verduras que consumirlas aun cuando puedan tener residuos dentro de los márgenes establecidos”, señala Montejo Berríos.
La especialista explica que los límites permitidos por las autoridades sanitarias suelen fijarse muy por debajo de los niveles que podrían representar un daño real para el organismo. “Las instituciones que establecen estos valores lo hacen con amplios márgenes de seguridad”, precisa. Por ello, recomienda priorizar la variedad de los alimentos, en lugar de eliminarlos de la dieta.

Recomendaciones
Ambos estudios citados coinciden en que revertir el bajo consumo de frutas y verduras requiere intervenciones estructurales. Entre ellas, incentivos económicos como subsidios a alimentos frescos dirigidos a poblaciones vulnerables o impuestos a productos ultraprocesados, medidas que han mostrado resultados en otros contextos.
También se plantea fortalecer los programas alimentarios existentes y brindar apoyo técnico a los agricultores para aumentar la producción, diversificar cultivos y reducir costos en el mercado local, de modo que estos alimentos sean más accesibles durante todo el año.
Para Montejo Berríos, el cambio no puede recaer únicamente en decisiones individuales. “Esto es algo estructural. Se necesita acompañar las políticas públicas con educación nutricional y mayor promoción en medios masivos”, sostiene.
La especialista subraya que la formación temprana puede marcar una diferencia. “Ahora se ha aprobado que haya nutricionistas en los colegios. Si desde pequeños conocemos qué nutrientes aportan los alimentos, será mucho más sencillo tomar decisiones saludables en la adultez”, explica.
A nivel familiar, añade, el ejemplo es determinante. “Muchas veces buscamos que los niños coman frutas y verduras, pero los adultos no las consumen. El ejemplo es fundamental”, afirma. También recomienda incorporar estos alimentos de forma práctica en la rutina diaria: añadir verduras a sopas, tortillas o guisos, y priorizar frutas en el desayuno, sin necesidad de cambios drásticos.

Finalmente, recuerda una guía simple para visualizar el equilibrio en el plato: la mitad debería estar compuesta por frutas y verduras; el resto dividirse entre proteínas y carbohidratos. “Es una referencia gráfica que permite detectar fácilmente qué está faltando en nuestra alimentación”, concluye.
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