Por Juan Carlos Fangacio Arakaki

El inicio de “Una casa de dinamita” es casi de rutinaria contemplación: escenas de gente despertándose a las 4 de la mañana, saliendo a trabajar cuando apenas comienza a asomarse el sol, apurando el desayuno, embarcándose en los primeros y vacíos buses. Se nos presenta así la idea de un día cualquiera en Washington, una jornada común y corriente que en un instante se tornará excepcional: aparecen de pronto indicios de un ataque nuclear contra Estados Unidos y lo que empieza como una dudosa alarma se convierte en una catástrofe inminente.

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