Hay reconocimientos que celebran una carrera y otros que celebran una convicción sostenida contra viento y marea. El Premio Legado Perú, entregado ayer por El Comercio y la UPC a Julio Velarde, pertenece a la segunda categoría. No premia solo a un economista brillante —primero de su promoción en la Universidad del Pacífico, doctorado en Brown, hoy profesor honorario de la propia UPC—, sino a un servidor público que convirtió una institución en dique frente a la volatilidad crónica del país.
Hay reconocimientos que celebran una carrera y otros que celebran una convicción sostenida contra viento y marea. El Premio Legado Perú, entregado ayer por El Comercio y la UPC a Julio Velarde, pertenece a la segunda categoría. No premia solo a un economista brillante —primero de su promoción en la Universidad del Pacífico, doctorado en Brown, hoy profesor honorario de la propia UPC—, sino a un servidor público que convirtió una institución en dique frente a la volatilidad crónica del país.
Desde el 2006, Velarde ha presidido el directorio del Banco Central de Reserva bajo 11 presidentes de pensamientos opuestos y más de 31 presidentes del Consejo de Ministros. En ese vértigo, el BCR fue la excepción: nunca cedió a financiar al fisco ni a la banca de fomento, prohibiciones heredadas de la traumática experiencia inflacionaria de los ochenta. El resultado, como el propio Velarde recordó al recibir el premio, es contundente: “el Perú tiene hoy la inflación más baja entre los países con moneda propia y vive el período de precios estables más largo en 150 años”.
Como señaló Juan Aurelio Arévalo Miró Quesada, director de El Comercio, esas cifras no son un dato frío para quienes vivieron la hiperinflación: son la diferencia entre ver evaporarse un sueldo y poder planificar un futuro. Ese es el verdadero legado de Velarde: la prueba de que el Perú puede construir instituciones que trasciendan a las personas y a los gobiernos. El riguroso sistema de incorporación del BCR demuestra que el mérito, y no el apellido ni la llamada oportuna, puede seguir ordenando el servicio público.
Con la honestidad que lo caracteriza, Velarde no atribuye el éxito solo al diseño institucional: reconoce el peso del consenso social nacido del trauma inflacionario de fines de los años ochenta y hasta una dosis de suerte en la coyuntura internacional. Esa modestia no debe opacar la lección de fondo: la estabilidad no fue un accidente, sino consecuencia de un mandato único y una autonomía blindada de presiones políticas.
En un país que colecciona crisis de gobernabilidad y ministros de paso, la trayectoria de Velarde traza una hoja de ruta poco frecuente. La admiración que despierta entre los jóvenes sugiere algo esperanzador: una generación que elige admirar el rigor antes que el poder. Mientras el resto de nuestras instituciones dude de sí mismas, el país hará bien en recordar que Julio Velarde ha sido, durante veinte años, el guardián de nuestra moneda y de nuestra estabilidad monetaria que nos deja una importante certeza: que la disciplina institucional también puede escribirse en Perú con mayúsculas.