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Talento de Barrio: la escuela gratuita que rescata a niños y jóvenes del Callao mediante el box
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Cuando no hay un lugar al que ir, la calle se convierte en escuela. Es ahí donde muchos niños y adolescentes aprenden rápido: a sobrevivir, a defenderse, a endurecerse. No siempre por maldad, sino porque nadie llegó antes con otra opción.
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La delincuencia, la violencia o los caminos más cortos no aparecen de golpe. Se filtran en los tiempos muertos, en las horas sin supervisión, en la falta de espacios que contengan, exijan y acompañen. Frente a eso, el deporte serio y constante puede funcionar como una frontera: no elimina el riesgo, pero lo desplaza. Ofrece una rutina, un objetivo, una figura adulta que observa y encamina.
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En el Callao, esa frontera toma forma en Talento de Barrio, una ONG deportiva que entrena boxeo de manera gratuita a niños y jóvenes, con la convicción de que el ring puede ser un lugar más seguro que la esquina, y que la disciplina aprendida ahí puede cambiar vidas enteras.
El nacimiento de un nuevo ring
Jorge Guevara (40) llevaba años enseñando boxeo cuando entendió que algo no estaba funcionando como debía. Junto a otros entrenadores, había sido convocado para trabajar en un programa de la Villa Deportiva del Callao que prometía entrenamiento libre para niños y jóvenes. La idea era clara: abrir el deporte a quienes no podían pagarlo. Pero con el tiempo comenzaron los cobros, las restricciones, las reglas inflexibles. Llegar tarde podía significar quedar fuera. Acumular faltas implicaba no volver.
Para Guevara, eso era exactamente lo contrario de lo que se necesitaba. Muchos chicos llegaban tarde porque trabajaban, porque ayudaban en casa, porque venían de lejos. Negarles la entrada no los ordenaba: los devolvía a la calle. Esa que ya había aparecido demasiado pronto en la vida de muchos, no iba a corregir nada.
Así que tomaron una decisión que no era cómoda ni rentable: renunciar. Todos. Empezar de nuevo, sin sueldos, sin infraestructura, sin respaldo institucional. Solo con guantes, conocimiento y una convicción compartida: si el boxeo les había dado una salida a ellos, podía dársela a otros.
Al inicio entrenaban donde se podía. En parques, en losas deportivas, incluso en la calle misma. Para ellos no era un problema. Muchos habían crecido ahí. “Somos de los barracones”, dice Guevara. Entrenar en esos espacios no era una excepción, era una forma de volver al origen, pero esta vez para quedarse y sostener a los demás.
Poco a poco, el grupo empezó a crecer. Primero llegaron los sobrinos, luego los vecinos, después chicos de distintos distritos. La idea nunca fue cerrarse a un solo lugar. Guevara quería que se mezclaran, que se conocieran, que rompieran el circuito pequeño al que muchas veces quedan confinados. Que el boxeo fuera también una forma de ampliar mundo.
Ese movimiento constante terminó por llamar la atención de un funcionario de la Municipalidad de Bellavista. Hoy entrenan en el Estadio Lizárraga, en un espacio facilitado por la municipalidad, pero el lugar es solo una parte de la ecuación. Lo que sostiene al proyecto es el equipo humano que da clases sin recibir un sueldo fijo, apostando a la continuidad por pura responsabilidad con los chicos.
Devolver lo que un día se les dio
La ONG Talento de Barrio está conformada por exboxeadores y entrenadores que entienden el deporte como una herramienta de formación integral. Además de Guevara, están Valentino Santillán (21), boxeador profesional; Junior Mina (33), exseleccionado nacional; y Julio César Gamboa (53), profesor con años de experiencia y una historia personal atravesada por la pérdida y la reconstrucción.
Gamboa habla del boxeo como algo que va mucho más allá del golpe. Para él, formar a un alumno implica conocerlo completo. Saber si come, si llega cansado, si trae problemas desde casa. “Esto no es solo enseñar técnica. Es acompañar, observar, corregir sin humillar. Detectar cuándo un chico necesita más exigencia y cuándo necesita apoyo”, explica.
En Talento de Barrio, la disciplina no se predica: se entrena. Se construye en la puntualidad, en el respeto a la rutina y en la idea de que el cuerpo aprende a obedecer cuando la cabeza quiere rendirse. Por eso, el boxeo no es solo un deporte, sino una forma de ordenar el día y, poco a poco, también la vida fuera del ring, que existe en el colegio, la casa y las decisiones del día a día.
“Por eso hablamos con los papás. Si la mamá viene y nos dice que el chico saca bajas notas en el colegio, lo castigamos, pero no dejándolo sin entrenar. Si normalmente se corren 10 vueltas para calentar, hoy él va a correr 20”, cuenta Guevara.

Ese enfoque ha generado cambios visibles. En poco más de dos años, el equipo ha participado en campeonatos nacionales y ha obtenido nueve medallas de oro. Varios de sus deportistas han sido considerados para procesos de preselección. Algunos entrenan mientras estudian en la universidad; otros siguen en el colegio, con rutinas que antes no existían en su día a día. Para los entrenadores, cada logro deportivo es también una confirmación silenciosa de que el camino elegido tiene sentido.
Junior Mina empezó a boxear a los 14 años. Dice que el boxeo le dio todo lo que es hoy: disciplina, rumbo, oportunidades. Nunca se imaginó como profesor, pero la vocación apareció con los chicos. “Se vuelven tu familia”, dice. “A veces basta un saludo o una broma para cambiarte el día, incluso cuando llegas cargando tus propios problemas”, confiesa.
Valentino Santillán, el más joven del equipo, combina su carrera como boxeador profesional con la enseñanza. Empezó a entrenar siendo adolescente y hoy ve reflejado en sus alumnos el camino que él mismo recorrió. Para él, la mayor satisfacción no es levantar un título propio, sino ver a un chico ejecutar en el ring lo que entrenaron juntos “Cuando termina la pelea y te miran para agradecerte, ahí sabes que valió la pena”, explica.
Hay camino por recorrer
Detrás de cada medalla hay una realidad frágil. Los guantes, los buzos, los pasajes, la comida, casi todo se consigue con polladas y aportes ocasionales de amigos. Los entrenadores tienen sus propios trabajos por fuera del box, llegan cansados después de jornadas largas y aun así cumplen con los entrenamientos. La voluntad existe, pero el desgaste también.
“La permanencia depende de que haya un sueldo”, reconoce Guevara. No como premio, sino como garantía. Sin un ingreso mínimo, es difícil sostener la exigencia y la continuidad. El proyecto ha sobrevivido gracias al compromiso, pero el compromiso necesita respaldo para no agotarse.
Talento de Barrio no promete salvar a todos. Sus propios entrenadores lo dicen con honestidad. El boxeo no reemplaza a la familia ni borra de golpe las desigualdades. Pero sí ofrece algo concreto: una rutina, un espacio, un adulto que observa y acompaña, una meta que exige constancia. Para muchos chicos, eso es suficiente para inclinar la balanza.
En cada entrenamiento se repite una idea: arriba del ring se pelea solo. Nadie puede subir por ti. Pero para llegar ahí, abajo, hay un equipo que entrega todo lo que sabe. Técnica, disciplina, resistencia, y valores que no se miden en puntos.
Gamboa suele decirles que el cuerpo es capaz de mucho más de lo que creen. “Al inicio no pueden dar ni una vuelta; meses después hacen treinta”, cuenta. Donde antes había cansancio, aparece orgullo. El cambio no es inmediato, pero es constante.
El sueño del equipo no se limita a formar campeones olímpicos o mundiales, aunque saben que el talento está ahí. Sueñan con formar personas que elijan otro camino. Que aprendan a sostenerse, a respetarse, a imaginar un futuro distinto.
Hoy, Talento de Barrio busca financiamiento para asegurar su continuidad. Sueldos para los entrenadores, materiales básicos, estabilidad. No piden desde la promesa, sino desde los hechos: más de dos años de trabajo ininterrumpido, resultados deportivos y jóvenes que, en lugar de quedarse en la esquina, eligieron ponerse los guantes.
En un país donde muchas veces se habla de prevención cuando ya es tarde, Talento de Barrio actúa antes. Abre la puerta, marca el horario y espera. Porque a veces, llegar a tiempo es lo que realmente cambia una historia.
Talento de Barrio mantiene sus entrenamientos gratuitos con recursos limitados. Guantes, buzos, pasajes y alimentación para campeonatos se cubren con aportes ocasionales. Para asegurar la permanencia de los profesores y mantener un espacio seguro de acompañamiento para niños y jóvenes, el proyecto busca financiamiento estable que cubra algunos costos y garantice la continuidad de las sesiones durante el año. Si desea contribuir a que Talento de Barrio continúe su labor formativa, puede contactar a Jorge Guevara al 987 775 432 o a la cuenta de Instagram @ongtalentodebarri
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