Por Ángel Navarro Quevedo

La historia de Magaly Solier parece escrita como una de las películas que ella misma protagonizó: luminosa en su inicio, marcada por la violencia en su trasfondo y atravesada por giros inesperados. Nació en Huanta, Ayacucho, tierra golpeada por el terrorismo, donde aprendió a cantar de su madre en quechua y a correr descalza por los cerros. Antes de ser actriz, fue atleta y cantante; y antes de ser reconocida en el mundo, fue una muchacha de provincia que soñaba con poco más que sobrevivir a la dureza del campo.

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