Por Carlos Batalla

Ese miércoles 7 de abril de 1954 no fue un día cualquiera para el rostro de Lima. Mientras la capital despertaba con el trajín de sus tranvías y el eco de las noticias que llegaban de una Europa aún convaleciente tras la guerra, en el Palacio de Gobierno, el general Manuel A. Odría, presidente de facto, estampaba su rúbrica en dos normas legales que cambiarían para siempre el destino del sur chico.

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