Por Jorge Paredes Laos

Hace más de cinco siglos, un hombre se elevó a casi veinte metros del suelo sobre un artilugio de cuerdas y tablas ideado por él mismo para transformar la bóveda estrellada de una capilla romana en un mosaico de frescos que recreaban pasajes del Génesis y colocaban a la figura humana en el centro de la creación. El resultado no solo fue maravilloso, sino que más de 20 años después, este mismo artista volvió a treparse a los andamios para pintar, esta vez, el Juicio Final en la inmensa pared del fondo. Así, el nombre de Miguel Ángel Buonarroti quedó asociado para siempre al de la capilla Sixtina.

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