MúsicaDesde hace más de un año, Hernán Condori, Cachuca, necesita ayuda para subir a los escenarios y canta sentado. La diabetes, el asma, las secuelas del COVID-19 y una afección pulmonar han reducido la movilidad del veterano rockero, pero no sus ganas de hacer música. Cuando en 2025 notó que perdía la capacidad de caminar por sí solo, sintió que su cuerpo empezaba a cobrarle el precio de una vida intensa. Al principio se preocupó; después encontró una certeza a la cual aferrarse: “Yo no canto con los pies —se dijo—. Yo canto con el pecho, con el corazón”.
Desde hace más de un año, Hernán Condori, Cachuca, necesita ayuda para subir a los escenarios y canta sentado. La diabetes, el asma, las secuelas del COVID-19 y una afección pulmonar han reducido la movilidad del veterano rockero, pero no sus ganas de hacer música. Cuando en 2025 notó que perdía la capacidad de caminar por sí solo, sintió que su cuerpo empezaba a cobrarle el precio de una vida intensa. Al principio se preocupó; después encontró una certeza a la cual aferrarse: “Yo no canto con los pies —se dijo—. Yo canto con el pecho, con el corazón”.
A Cachuca lo encontramos sentado en la sala de su casa de El Agustino, el distrito que moldeó buena parte de su historia. Con tiempo libre de su lado, este año emprendió la tarea de ordenar las memorias que llevaba décadas escribiendo en pedazos de papel. No les tenía mucha fe y muchas de ellas fueron arrojadas al fuego, un ritual que Condori suele repetir con las cosas antiguas, para no anclarse a un pasado. Pero cuando le hicieron ver que esos textos agrupados podían tener valor, lo pensó de nuevo. “Cuando los vi anillados pensé que parecía un libro de desechos. Pero ahí estaba la historia de mi vida”. Así nació su primer libro “Diario cataléptico. Entre París y La Parada” (Octógono Ediciones, 2026).
En sus páginas, el compositor limeño, hijo de madre cusqueña y padre puneño, rememora los episodios que moldearon su identidad, como las sucesivas mudanzas de su infancia por asentamientos de Lima, cuando unos pocos metros de arena donde levantar un techo representaban toda la seguridad que una familia necesitaba. Y, desde luego, narra sus inicios en la música. “Aprendí a componer a golpes de iglesia y calle. Fui monaguillo en una iglesia de Yerbateros, donde mi madre vendía caldos. Ahí empecé a componer canciones. Ya en la adolescencia, el amor me atacó y, desde entonces, no paré”. Nos pide recordar que antes que el rock, fueron el bolero y la balada los que lo conquistaron. Podrá rugir en escena con su vozarrón, pero, en el fondo, es un romántico.

Su historia personal está marcada por las escaras de la discriminación. Todavía recuerda los escupitajos que recibía durante sus primeros conciertos, así como al presentador de televisión que le aconsejó dejarles el rock a otros —a los blancos, se entendía— y dedicarse a la cumbia. Para ciertos sectores, el “rock cholo” de Los Mojarras, con ecos de cumbia y huaino, era una provocación. Sin embargo, la mezcla surgió de manera orgánica, precisa el cantante. No fue calculada ni respondió a estrategia alguna. “A las cuatro de la mañana, mi padre ponía Radio Inca y escuchaba huainos; a las siete, mi hermano ponía cumbia. Crecías con ese sabor. Yo no fingí nada”. El primer disco de la banda, “Sarita Colonia”, presentó aquel rock mestizo a través de historias de personajes marginales, incluso del lumpen, y de quienes echaron raíces en Lima sin dejar de añorar su lugar de origen.
Ruidos en la ciudad
Encontrar un público no fue sencillo al principio. Condori evoca una presentación junto con Lorenzo Palacios, Chacalón, en la Carpa Grau, donde Los Mojarras se toparon desde el inicio con una audiencia hostil. La situación habría escalado de no ser por la intervención del propio Faraón de la Cumbia, quien se acercó al micrófono y advirtió a todos, muy sereno, que golpearía al próximo que hiciera bulla. “Chacalón dijo eso y todos se quedaron mudos. Calladitos. Y no volvió a haber bulla hasta que terminamos y empezaron a hablar otra vez”.

La consagración para Condori llegaría con un casete demo. Le habían contado que el director de televisión Michel Gomez buscaba música para su telenovela “Los de arriba y los de abajo” y él fue a ofrecerse, pero llegó tarde. Dejó su casete y ya estaba llegando a su paradero cuando alguien empezó a llamarlo, desesperado. Gomez había escuchado la primera canción y pidió que le trajeran de inmediato al autor. Esa canción era “Triciclo Perú”, que gracias a la telenovela acabó siendo el mayor éxito de Los Mojarras.
“Triciclo Perú” todavía le genera importantes regalías a su autor, algo que jamás habría imaginado la madrugada en que compuso la canción. “Eran las cinco de la mañana, yo caminaba hacia la avenida Abancay y me tocó ver cómo despertaba la ciudad. Si escuchas la letra, allí está todo: un triciclo, un vaso de chicha, camisas, chucherías, los micros repletos”.

La coincidencia entre la mirada social de Gomez y la de Cachuca desató un fenómeno nacional. “Me cayó un oleaje de fama, dinero y locura. Fue un cambio muy radical: pasar de no tener muchas cosas a tenerlas en exceso, que también es un problema; pasar de algo sencillo a algo tan truculento como la fama y no saber muchas veces qué responder”. Detrás del éxito vino también el desenfreno, con alcohol y otros excesos. Cachuca cree que su cuerpo conserva hoy la memoria de aquellos años.
Con su nuevo libro bajo el brazo, Cachuca enumera sus próximos proyectos, como nuevas grabaciones y un documental sobre Los Mojarras. Sin embargo, su desafío más complejo es conservar la salud. Sometido a controles médicos y al cuidado permanente de su esposa y sus hijas, sabe que su cuerpo le impone otros tiempos. “No es que no le tenga miedo a la muerte, pero tampoco estoy apurado”, dice. Mientras pueda subir al escenario, no piensa detenerse: “Más bien me moriría si no canto”. //
Nota: Cachuca se presentará este 1 de octubre en el Bar de Don Lucho, del Jirón Quilca, donde presentará su nuevo material, “Cantando Huevadas”.
“Diario cataléptico. Entre París y La Parada”, primer libro de Hernán Condori, reúne relatos breves que reconstruyen distintos momentos de su vida: la infancia entre invasiones, los años formativos en El Agustino, el surgimiento de Agustirock, la fama con Los Mojarras, las posteriores giras por Europa y hasta los momentos que lo volvieron viral en este siglo.

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