Por Nora Sugobono

Nunca me molesta esperar en la barra. De hecho, es algo que elijo siempre que se pueda. Alarga la experiencia, permite vivir distintas versiones de un mismo concepto y, siempre y cuando se elija un buen aperitivo —por algo ‘abren’ el apetito— el camino hacia el menú empieza con buen pie. Ni bien llegamos a Awa, la parada por su bar se hace obligatoria. No solo porque pocas cosas suenan más curiosas que un cóctel a base de cecina (como saben, la técnica del ‘fat washing’ permite incorporar distintos ingredientes, entre ellos carnes y embutidos), sino también porque rara vez voy a resistirme a probar unas empanadas de yuca rellenas de hongos y castañas, o unos dados de tapioca con queso y jalea. Todo esto en la comodidad de un ambiente chic, colorido y casual. Díganme si ustedes no harían lo mismo.

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