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Durante un divorcio, los niños pueden sentirse confundidos y vulnerables, lo que puede transformarse en culpa. Ayudarlos a reconocer que no son responsables es clave para su bienestar emocional. (Foto: Freepik)

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Resumen
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Para muchos niños, el divorcio no empieza cuando sus padres lo anuncian, sino cuando comienzan a sentir que algo en su entorno e incluso en ellos mismos cambió. Notan los silencios, los gestos tensos y la distancia. Como no siempre comprenden del todo las dinámicas de los adultos, su mente busca explicaciones que los llevan a conclusiones —injustas, pero muy comunes—como “hice algo mal”, “soy un problema” o “si me portara mejor, no pelearían”.
Para muchos niños, el divorcio no empieza cuando sus padres lo anuncian, sino cuando comienzan a sentir que algo en su entorno e incluso en ellos mismos cambió. Notan los silencios, los gestos tensos y la distancia. Como no siempre comprenden del todo las dinámicas de los adultos, su mente busca explicaciones que los llevan a conclusiones —injustas, pero muy comunes—como “hice algo mal”, “soy un problema” o “si me portara mejor, no pelearían”.
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Su reacción, no es una excepción, ya que la culpa es una de las emociones más presentes en los pequeños durante este tipo de situaciones. Como bien explicó Keiko Limache, docente de la carrera de psicología de la Universidad Científica del Sur a la web de la revista “Somos”, esto pasa porque en edades tempranas los niños tienen una mirada egocéntrica, es decir, interpretan los acontecimientos familiares como algo que está directamente relacionado con ellos.
“En los casos de ruptura, intentarán buscar una explicación personal a la que le encuentren sentido y muchas veces esta se construye desde la culpa o la asociación a eventos que ellos consideran su responsabilidad”.
En definitiva, ciertas dinámicas familiares previas al divorcio pueden hacer que algunos niños sean más propensos a desarrollar este sentimiento. Según la psicóloga clínica Irma Reginaldo, del Instituto IPIR, una de las más dañinas es la triangulación, que ocurre cuando el niño se convierte —sin querer—en mensajero, confidente o mediador entre los padres. Tal como advirtió Liliana Tuñoque, psicoterapeuta de Clínica Internacional, frases como “mira lo que tu papá ha hecho” o “dile a tu mamá que...” colocan al niño en un rol que no le corresponde y lo cargan con una responsabilidad emocional enorme.
A esto se suman ambientes con discusiones constantes, silencios tensos o cambios bruscos en el ánimo de los padres. “Cuando los menores no comprenden las dinámicas de los padres, tienden a rellenar esos vacíos con explicaciones propias: “causé problemas”, “si yo hubiera hecho otra cosa, ellos seguirían juntos”, etc. Incluso cuando los padres expresan tristeza o enojo frente al niño, este puede sentir que debe consolarlos o cuidarlos, reforzando la falsa idea de que tiene que hacerse cargo del bienestar de los adultos”, añadió Reginaldo.
¿Cómo se manifiesta la culpa en los niños?
La culpa no siempre aparece de una única manera, pues a veces se esconde detrás de cambios emocionales, físicos y conductuales que reflejan la confusión y el malestar que viven cuando sienten que algo es su “responsabilidad”. Además, como señaló la especialista del Instituto IPIR, la culpa puede manifestarse según la etapa de desarrollo, ya que cada una tiene capacidades cognitivas y emocionales distintas.
Infancia
En esta etapa predomina el pensamiento egocéntrico: los niños interpretan los eventos familiares como si giraran en torno a ellos. Por eso, es común que piensen que el divorcio ocurrió “porque se portaron mal” o porque hicieron algo incorrecto. Las manifestaciones más frecuentes son:
- Dificultad para concentrarse o mantenerse en actividades.
- Mayor ansiedad cuando se separa por momentos de la mamá, el papá o su cuidador principal.
- Tristeza o irritabilidad sin causa aparente.
- Conductas regresivas como chuparse el dedo, orinarse en la cama o buscar más atención.

Ñiñez
Aunque los niños ya comprenden mejor las causas y consecuencias, todavía tienen dificultad para entender la complejidad de las relaciones adultas. Esto puede llevarlos a hacer interpretaciones parciales, como “si hubiera sacado mejores notas” o “si no diera problemas, no se separarían”. Los signos más comunes de culpa son:
- Mayor retraimiento o aislamiento social.
- Cambios visibles en el estado de ánimo: apatía, tristeza persistente o irritabilidad.
- Disminución del interés por actividades que antes disfrutaban.
- Somatizaciones como dolores de cabeza o estómago.
- Preocupación excesiva por agradar a los padres o “no causar más problemas”.
En esta etapa la culpa suele expresarse hacia adentro, afectando la autoestima.
Adolescencia
Los adolescentes tienen mayor capacidad para analizar situaciones complejas, pero también viven una etapa de intensa búsqueda de identidad y autonomía. La culpa puede aparecer de dos maneras: responsabilizarse emocionalmente por uno de los padres o sentir que “deberían haber hecho algo” para evitar la separación. Las señales frecuentes son:
- Rebeldía, cuestionamiento de la autoridad o conductas impulsivas.
- Cambios bruscos de humor o explosiones emocionales.
- Conductas de riesgo (fumar, beber o escaparse) como forma de manejar el malestar.
- Asumir responsabilidades que no les corresponden, como intentar mediar o “cuidar” a uno de los padres.
- Aislamiento o dificultad para mantener el rendimiento académico.
Además, como aclaró Limache, la culpa no siempre se ve como tristeza. Muchas veces se expresa como enojo: el adolescente o el niño puede enfadarse con mamá, con papá, con el mundo o consigo mismo. “El enojo suele ser una expresión defensiva frente a sentimientos de abandono, dolor e impotencia. Si esta emoción no es validada, puede transformarse en una culpa silenciosa, que el niño termina guardando sin saber cómo nombrarla”.
¿Cómo hablarles del divorcio sin generarles culpa?
A la mayoría de los niños les resulta difícil comprender que una separación es una decisión tomada entre adultos, por lo que necesitan que el mensaje sea directo, sencillo y repetido con calma. El primer gran paso, según Juan Pablo Castro, psicólogo ocupacional de MAPFRE, es crear un ambiente tranquilo y sin prisas, donde puedan hacer preguntas y expresar emociones. En este entorno seguro y confiable, es fundamental validar lo que sienten antes de dar explicaciones: reconocer su tristeza, miedo o confusión les abre la puerta a escuchar lo que vendrá después.
Una vez que se sienten contenidos, es más fácil transmitirles el mensaje. Lo recomendable es utilizar frases que distingan claramente la relación de pareja del rol de padres, como: “Esto es algo que mamá y papá decidieron entre adultos”, “Nada de lo que haces puede causar que estemos juntos o separados” o “Tú sigues siendo lo más importante para nosotros. Aunque vivamos en casas diferentes, siempre estaremos contigo, cuidándote y queriéndote”.
En cambio, como destacó el psicólogo, suelen ser poco útiles las explicaciones demasiado detalladas sobre los motivos del divorcio o comentarios que responsabilicen—aunque sea indirectamente— al otro progenitor. También pueden resultar contraproducentes frases como “tú no entenderías”, ya que cierran el diálogo y aumentan la confusión.
“Lo ideal es tener esta conversación lo antes posible, cuando la decisión de separarse ya está tomada y antes de que se produzcan cambios evidentes y concretos —como una mudanza—ya que la anticipación reduce la incertidumbre y evita que el niño llene los vacíos con explicaciones basadas en el egocentrismo y la exageración”, aseguró la psicóloga Alexandra Sabal, de la Clínica Ricardo Palma.

¿Cómo reforzar el mensaje día a día?
Cada vez que el niño exprese dudas o culpa —ya sea de manera directa o a través de conductas que revelan angustia— es importante responder de inmediato con un mensaje firme, claro y muy empático. Los niños necesitan escuchar una negación directa de la culpa y, al mismo tiempo, sentir que sus emociones son tomadas en serio. Para ello, la experta sugirió dos pasos: primero validar (“Entiendo que te sientas así”) y luego aclarar con contundencia (“Nada de lo que hiciste causó esto. Es una decisión de adultos. No pudiste evitarlo”).
“Repetir este mensaje cada vez que aparezca la culpa es esencial para que el niño pueda ir internalizándolo y liberándose, poco a poco, de esa carga emocional”, resaltó Irma Reginaldo.
Pero el refuerzo no ocurre solo con palabras, se construye evitando aquellas actitudes que, según Liliana Tuñoque, aumentan la sensación de que el niño debe tomar partido: hablar mal del otro progenitor, usarlo como mensajero, hacer comparaciones “yo sí hago esto por ti, tu papá no”, pedirle que elija con quién quedarse o mostrar favoritismos.
Además, como recalcó Reginaldo, lo ideal es que las conversaciones difíciles se den fuera de su presencia: en otro ambiente o en otro momento del día donde el niño no escuche ni vea la confrontación. Cuando las discusiones ocurren frente a él —sobre dinero, visitas o temas legales— este suele llenar los vacíos con interpretaciones que lo llevan a creer que es el origen del conflicto. Reforzar día a día también significa recordarle explícitamente: “Los adultos a veces no estamos de acuerdo, pero eso no tiene nada que ver contigo. Tú no tienes que arreglar nada”.
“Un elemento clave para reforzar este mensaje es, en definitiva, la coherencia entre ambos padres. Pero no solo a nivel verbal, sino también emocional. Los padres deben acordar previamente qué decir y cómo decirlo, evitando contradicciones, descalificaciones o intentos de ganarse al niño. Cuando el discurso es similar, el tono es calmado y las emociones que transmiten son estables y respetuosas, el niño siente que no necesita tomar partido ni proteger afectivamente a ninguno. Esa estabilidad, repetida día tras día, es lo que le permite comprender —de verdad— que no es culpable y que sigue siendo profundamente querido por ambos”.
¿Cómo ayudarlos a procesar la ruptura familiar?
De acuerdo con la psicóloga clínica del Instituto IPIR, la psicoterapia es uno de los recursos más recomendables para ayudar a un niño a procesar una separación sin cargar con culpa. El espacio terapéutico le permite expresar emociones difíciles, ordenar lo que está viviendo y comprender que no es responsable del conflicto entre sus padres.
Además de la terapia, hay actividades que pueden apoyar ese proceso en casa, siempre que estén orientadas a la expresión emocional y no a tratar de distraer al niño del problema:
- Actividades creativas: Dibujar, escribir o usar juegos simbólicos ayuda a que los niños expresen cómo se sienten cuando todavía no tienen las palabras para hacerlo.
- Lecturas guiadas: Existen cuentos diseñados para abordar el divorcio y la culpa infantil. Leerlos en familia facilita conversaciones emocionales.
- Rutinas estables: Mantener horarios y hábitos predecibles disminuye la ansiedad, refuerza la sensación de seguridad y reestablece la estabilidad emocional, afirmó Tuñoque.
- Espacios de diálogo breves y frecuentes: Permitir que el niño haga preguntas, incluso repetidas, y responder con claridad disminuye las interpretaciones erróneas que alimentan la culpa.
Asimismo, es importante tener cuidado con la culpa que puede sentir un niño cuando disfruta con un padre y percibe que “traiciona” al otro. Esta sensación es más común de lo que parece, especialmente cuando existe tensión entre los adultos o diferencias de madurez emocional. A veces este sentimiento nace porque uno de los padres, intencionalmente o no, transmite mensajes que el niño interpreta como lealtades divididas, o porque percibe tristeza, reclamos o comparaciones.

“Es fundamental que el niño reciba el mensaje de: amar y disfrutar tiempo con ambos padres es sano, natural y no perjudica a nadie. El cariño no se reparte como si fuera un recurso limitado, ya que un niño puede querer a ambos sin estar tomando partido. Por eso, los padres deben evitar comentarios que generen conflicto de lealtades, como comparaciones, bromas pasivo-agresivas, reproches o preguntas del tipo “¿la pasaste mejor allá?”. Estos mensajes cargan emocionalmente al niño y lo hacen sentir responsable de proteger emocionalmente a uno de los padres”, enfatizó Irma Reginaldo.
Otra fuente de culpa que se debe trabajar en este proceso es cuando uno de los padres inicia una nueva relación. Muchos temen “traicionar” al otro progenitor si muestran cariño o disfrutan de la nueva familia.
En estos casos, lo más importante es dejar claro que los padres biológicos siguen siendo su familia principal. La presentación de la nueva familia debe ser gradual y sin presiones. El niño necesita tiempo para observar, conocer y adaptarse, ya que forzarlo a aceptar a alguien “de inmediato” suele incrementar resistencia o confusión. También es necesario que ambos padres —el que forma la nueva familia y el que no—transmitan un mensaje coherente: el cariño del niño no daña a nadie y tiene permiso para disfrutar de cada vínculo.
¿Cuándo preocuparse por un exceso de culpa?
Aunque es natural que, al inicio de una separación algunos niños, sobre todo los más sensibles, sientan cierta confusión o incluso piensen que podrían haber hecho algo distinto, esa reacción suele disminuir cuando los padres le explican claramente la situación y cuando vuelve a percibir estabilidad en su entorno.
“La culpa, en ese primer momento, forma parte de un proceso emocional habitual: el niño está reorganizando sus vínculos, su idea de pertenencia y su seguridad afectiva”, aseguró Keiko Limache.
Sin embargo, la preocupación comienza cuando la culpa deja de ser transitoria y empieza a interferir en su vida diaria, advirtió la experta de la Universidad Científica del Sur. Si el niño se desvaloriza constantemente, baja su rendimiento escolar o muestra ansiedad persistente —dificultades para dormir, pérdida de apetito o miedo extremo a la separación—, ya no estamos ante una reacción esperada.
También son señales de alarma el aislamiento, la irritabilidad marcada, las somatizaciones intensas y cualquier forma de autolesión, incluso las más sutiles, como rascarse, golpearse o pellizcarse cuando se angustia.
Cuando estos cambios se mantienen en el tiempo, lo recomendable es iniciar un acompañamiento psicológico. Como nos recuerda Irma Reginaldo, la idea no es “patologizar” su reacción, sino darle un espacio donde pueda ordenar lo que siente y volver a diferenciar lo que es responsabilidad de los adultos de lo que él está cargando como propio.
Detectar a tiempo estas señales es clave para impedir que la culpa se convierta en un peso que afecte su bienestar, su autoestima y la manera en que se relaciona consigo mismo y con los demás.
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