
El Centro Histórico de Lima atraviesa un momento decisivo. Tras años de abandono y deterioro progresivo, hoy se perfila como un espacio en plena reactivación, donde el valor patrimonial comienza a dialogar con nuevas oportunidades de inversión y desarrollo urbano. Con más de 6,500 inmuebles, el desafío es enorme: solo la recuperación integral de las edificaciones en riesgo demandará más de S/ 4,400 millones.
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Sin embargo, los primeros signos de cambio ya son visibles. En los últimos años, la inversión pública ha crecido de forma sostenida, impulsando proyectos clave como la peatonalización del Damero de Pizarro y la intervención de cientos de inmuebles en estado crítico. A esto se suma la llegada de nuevas marcas, el dinamismo comercial y los primeros desarrollos en vivienda y hotelería, que comienzan a redefinir el rol del centro como un espacio activo dentro de la ciudad.
En este escenario, el Patronato de Lima busca consolidarse como un puente que facilite inversiones, promueva alianzas y contribuya a viabilizar proyectos de recuperación a mayor escala. Para ello, conversamos con Walter Bayly, quien nos recibió en la Casa Vilela, una casona del centro histórico recientemente recuperada que hoy encarna, en sí misma, esa apuesta por devolverle vida al corazón de la capital peruana.
¿Qué lo convenció de asumir este rol en el Patronato de Lima?
Cuando me invitaron, lo pensé bastante. No fue una decisión inmediata, porque quería entender si este proyecto tenía realmente posibilidades de ser exitoso. Soy, por formación, alguien prudente en ese tipo de evaluaciones. Pero encontré elementos muy concretos que me hicieron confiar. Primero, el trabajo de Prolima, que ha logrado algo poco común en el Perú: continuidad, profesionalismo y cierta independencia frente a los vaivenes políticos. Segundo, la existencia de un plan claro, Lima al 2035, trabajado con apoyo de la UNESCO, que alineó a todos los actores relevantes. Y tercero, recursos: financiamiento asegurado y beneficios tributarios para incentivar la inversión. Es decir, no estamos empezando de cero. Ya hay avances visibles.

¿Cuál es el papel del Patronato dentro de ese ecosistema?
El Patronato tiene una misión muy concreta: movilizar al sector privado y a la sociedad civil. Aquí hay un esfuerzo importante del Estado, pero no es suficiente. Se necesita inversión en hoteles, restaurantes, comercio, pero también en vivienda. Queremos que el centro vuelva a ser un espacio vivo, no solo turístico. Además, buscamos involucrar a la ciudadanía en distintos niveles: desde grandes inversiones hasta iniciativas más pequeñas como voluntariado o proyectos de crowdfunding.
¿Cómo se cambia la percepción negativa que todavía existe sobre el centro?
Ese es uno de los grandes retos. Muchas personas —incluidos inversionistas— tienen una imagen desactualizada: un lugar sucio, desordenado o inseguro. Pero cuando vienen y lo recorren, esa percepción cambia. Ven el movimiento, la cantidad de gente que transita, los proyectos en marcha. Ya hay ejemplos concretos: hoteles en construcción, marcas gastronómicas que han apostado por instalarse aquí, espacios que están llenos. Ese “efecto demostración” es clave. Cuando alguien ve que otros ya están invirtiendo y que funciona, se anima.

¿La coyuntura política puede afectar ese proceso?
La meta es 2035, y en ese tiempo vamos a tener varios gobiernos. Pero justamente el éxito de lo que se ha avanzado radica en haber mantenido este proceso relativamente al margen de los cambios políticos. Mientras esa continuidad se sostenga, no veo por qué debería frenarse. La recuperación del centro es una tarea de largo plazo que debe trascender gestiones.
¿Cuáles son los principales desafíos pendientes?
Hay varios frentes en los que se tiene que seguir trabajando: seguridad, limpieza, ordenamiento del tránsito. Ya hay proyectos en marcha, como la instalación de cámaras, mejoras en iluminación y soluciones para restringir el acceso vehicular de manera más eficiente. No son problemas menores, pero tampoco son insalvables. Lo importante es que el proceso de mejora continúe de forma sostenida.

¿Qué lugar ocupa la vivienda en esta transformación?
Es central. Si el centro no tiene residentes, no puede ser un espacio realmente vivo. No se trata solo de atraer turistas o consumidores, sino de generar comunidad. Por eso estamos trabajando para incentivar proyectos de vivienda, incluso en articulación con entidades que tienen inmuebles disponibles. Ya hay desarrollos en marcha y están teniendo buena acogida, sobre todo entre personas que trabajan en la zona y buscan vivir más cerca.
¿Cómo imagina el centro histórico en diez años?
El centro histórico de Lima tiene una relevancia que va más allá del país. La cantidad de patrimonio que existe aquí es impresionante. Yo sí me atrevo a imaginar un centro completamente recuperado, convertido en un polo cultural, turístico, gastronómico y residencial. Un espacio donde la gente no solo venga a visitar, sino a quedarse, a vivirlo. En ese camino, estoy convencido de que el centro de Lima volverá a ser el corazón cultural del continente, y que recuperará su lugar como eje vivo de la ciudad, pero desde una nueva lógica.

En lo personal, ¿qué significa para usted este reto?
Es un desafío distinto a lo que he hecho en el mundo corporativo. Aquí no hay los mismos niveles de recursos ni de estructura, y eso obliga a construir desde la colaboración. Pero también es algo muy cercano a mí: siempre he tenido un vínculo fuerte con la cultura. Este proyecto me permite conectar esa dimensión personal con una oportunidad concreta de impacto.
¿Cómo puede sumarse la ciudadanía?
Estamos en proceso de ampliar el Patronato, convocando a personas del mundo empresarial, académico y cultural. Queremos generar comunidad y sostenibilidad. La respuesta ha sido muy positiva: ya hay gente que se acerca preguntando cómo ayudar.
¿Y qué relación emocional tiene con el centro de Lima?
Es una relación ambivalente. Me fascina su historia, su arquitectura, todo lo que representa. Pero al mismo tiempo me entristece ver el estado de deterioro de muchos espacios. Es una mezcla de admiración y tristeza. Y justamente esa emoción es la que también impulsa el compromiso de recuperarlo.
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