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Después de un día largo —niños, trabajo, responsabilidades y mucho caos—llega ese momento en el que una madre simplemente necesita dejarse caer en la cama y scrollear en las redes sociales, aunque sea un rato. Porque no está mirando solo contenido; está buscando un pequeño descanso, un respiro, un espacio para ella misma.
Después de un día largo —niños, trabajo, responsabilidades y mucho caos—llega ese momento en el que una madre simplemente necesita dejarse caer en la cama y scrollear en las redes sociales, aunque sea un rato. Porque no está mirando solo contenido; está buscando un pequeño descanso, un respiro, un espacio para ella misma.
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Pero en lugar de sentirse mejor, en la pantalla aparecen casas impecables, niños tranquilos, rutinas perfectas y madres sonrientes; imágenes que exigen, comparan e interpelan. Es como si, en vez de desconectar, su mente empezara a trabajar con más determinación y ese refugio digital terminara dejándola más agotada que al inicio.
Y es que, como explicó la psicóloga Janet León, de Mapfre Perú a Somos, cuando una madre se expone de forma constante a este tipo de contenido, no solo observa: inevitablemente se compara. Y en esa comparación, su experiencia real—cansancio, desorden y dudas— queda enfrentada a una versión editada e idealizada de la maternidad. Ahí es donde aparecen pensamientos silenciosos, pero muy persistentes: “no estoy haciendo lo suficiente”, “debería poder con todo”, y no porque realmente esté fallando, sino porque el estándar con el que se mide no es real.
El problema es que, cuando esa sensación de insuficiencia se vuelve constante—según la doctora Melissa Young, especialista en medicina funcional de Cleveland Clinic—, el cuerpo también responde con un estrés sostenido. Esto se manifiesta en cansancio extremo, irritabilidad, dificultad para dormir, falta de concentración o la sensación de estar sobrepasada incluso en tareas cotidianas. Con el tiempo, esta carga se convierte en un agotamiento más profundo, donde ya no se trata de un malestar pasajero, sino de un estado de desconexión emocional y una falta de energía para mantener el ritmo diario.
Y así, lo que empezó como un simple momento frente al celular, termina dejando algo más pesado: una mezcla de culpa, comparación y fatiga que muchas veces ni siquiera se alcanza a nombrar, pero que cada vez más madres están sintiendo.

La trampa invisible de la maternidad perfecta
Deslizar el dedo en redes sociales puede parecer inofensivo, aunque para muchas madres puede convertirse en una experiencia silenciosamente desgastante. Porque no es solo lo que ven, sino cómo lo ven repetirse una y otra vez. En este sentido, Keiko Limache, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Científica del Sur advirtió que los algoritmos no son neutrales: aprenden de lo que consumimos y nos devuelven versiones amplificadas de ese mismo contenido. Así, quienes interactúan con publicaciones de “maternidad perfecta” quedan atrapadas en un ciclo vicioso donde ese ideal se repite constantemente, hasta distorsionar la percepción de lo que realmente es normal.
Esta repetición no solo instala expectativas poco realistas, sino que también impacta en la seguridad personal. Para la psicóloga Cinthia Ramos, de SANNA Chacarilla, el exceso de información sobre crianza y maternidad en las redes sociales, lejos de orientar, terminan diluyendo la intuición materna, haciendo que cada decisión se sienta insuficiente frente a un ideal inalcanzable.
“Detrás de esa imagen de madre perfecta no solo hay filtros y encuadres cuidados, también existe una lógica comercial. Hoy en día, la maternidad ideal se ha convertido en un producto rentable: marcas y creadores “detectan” esas inseguridades, con el fin de ofrecerles soluciones que prometen acercarlas a ese estándar. En ese proceso, lo “ideal” deja de ser una experiencia y pasa a convertirse en algo que, aparentemente, puede comprarse”.
Esto lleva a que, muchas veces, se redefina lo que significa ser una “buena madre”. Según Carmen Valenzuela, psicóloga y docente de la carrera de Psicología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), las redes refuerzan la idea de que maternar bien implica tener todo bajo control: hijos tranquilos, casa impecable y trabajo equilibrado. Sin embargo, la distancia entre esa imagen y la realidad cotidiana no solo es evidente, también agotadora.
En este contexto, surge una idea bastante peligrosa: la de la madre que gestiona todo con una sonrisa. Y es justamente ahí, donde se produce una confusión clave, ya que se tiende a equiparar eficiencia con bienestar, cuando en realidad una madre puede ser totalmente funcional y cumplir con todas sus responsabilidades y, al mismo tiempo, sentirse emocionalmente agotada. En definitiva, eso no es un fracaso, sino una expresión legítima de la experiencia materna.
“Aunque muchas madres saben que esas imágenes no son la realidad, el impacto emocional es inevitable. La frustración aparece al intentar replicar un modelo hecho de piezas editadas, donde lo más real queda fuera: el desgaste, las dudas y el desorden cotidiano. Al final, las redes ofrecen escenas seleccionadas; la vida real, en cambio, es ese caos constante que rara vez aparece en la pantalla”, recalcó Valenzuela.

El precio de convertir la vida en contenido
Aunque la idea de la “madre perfecta” no nació en las redes, sí responde a una serie de expectativas sociales muchos más profundas sobre el rol de la mujer, el cual culturalmente ha estado asociado al sacrificio, la entrega total y la perfección moral.
“Las madres que trabajan muchas veces son cuestionadas por no dedicar suficiente tiempo a sus hijos o por apoyarse en ayuda externa. Mientras tanto, las amas de casa también viven esa presión, ya que se espera que, al estar en el hogar, todo debería estar perfectamente atendido. Cuando eso no ocurre, igualmente son señaladas como “malas madres”, aseguró la psicoterapeuta Lizbeth Cueva.
Por eso, sin importar el camino que elijan, muchas mujeres terminan atrapadas en estándares imposibles de cumplir. Y esa presión termina intensificándose gracias a las redes sociales, donde la maternidad suele mostrarse desde una versión filtrada. Esa imagen de la madre paciente, organizada y emocionalmente estable las 24 horas del día se convierte, entonces, en una referencia dañina para quienes atraviesan realidades mucho más complejas.
Intentar cumplir constantemente con ese ideal, sin duda, puede traer consecuencias emocionales significativas:
- Sensación constante de insuficiencia y culpa.
- Afectación de la autoestima al compararse con estándares irreales.
- Desconexión emocional por reprimir el enojo, el cansancio o la frustración.
- Pérdida de autenticidad al sentir que no se puede fallar nunca.
- Presión social que normaliza la idea de que una “buena madre” debe estar bien todo el tiempo.
- Hijos que pueden idealizar modelos irreales de maternidad y cuestionar a sus propias madres.
No necesitas ser perfecta para hacerlo bien
Lejos de las imágenes impecables que abundan en redes sociales, la vida real está hecha de cansancio, contradicciones y pequeños intentos diarios por volver a conectar. Para la psicóloga Carmen Valenzuela, una “madre suficientemente buena” es aquella que cuida, pero también puede equivocarse; aquella que a veces se cansa, pero que logra reparar sus acciones. Es la madre que un día puede perder la paciencia, pero luego acercarse a su hijo, reconocer sus emociones y contener lo sucedido.
Aunque esta idea puede resultar incómoda en tiempos donde muchas mujeres sienten que deben verse felices, pacientes y productivas todo el tiempo —y donde el error parece un fracaso y el cansancio, una debilidad —, lo cierto es que, como destacó la doctora Young, frustrarse no la define como una “mala madre”, simplemente le devuelve su humanidad.

“La maternidad implica sostener múltiples demandas físicas y emocionales, por lo que es esperable que aparezcan momentos de agotamiento. Lo verdaderamente importante no es evitar completamente esos episodios, sino cómo se gestionan después: reconocerlos, reparar si es necesario y seguir adelante. Negarlos o exigir perfección constante puede generar más presión y desgaste que permitir la experiencia real”.
Qué hacer cuando las redes empiezan a afectar tu bienestar
1.¿Cuándo la exigencia es demasiada?
No siempre es fácil notar que el contenido digital está afectando la forma en que te percibes. Sin embargo, existen algunas señales de alerta que pueden ayudarte a identificarlo:
- Sentir un agotamiento físico y emocional constante.
- Experimentar culpa al tomar un descanso.
- Frustrarte por no poder replicar la “maternidad perfecta” de las redes.
- Compararte de forma permanente con otras madres.
- Creer que no eres lo suficientemente buena o que eres una “mala madre”.
2. ¿Cómo te sientes al cerrar la aplicación?
La prueba de fuego para saber si el contenido es tóxico es analizar tu estado al dejar el celular. Si de forma repetida terminas sintiéndote:
- Más angustiada, cargada o triste que al inicio.
- Con una actitud crítica hacia ti misma o irritabilidad.
- Percibiendo a otras madres como “rivales” en lugar de una simple inspiración.
- Midiendo tus logros personales a través de la vida editada de los demás.
3.Cambios para una relación más sana
Para recuperar tu bienestar, es necesario pasar a la acción con cambios en el día a día:
- Busca contenidos espejo: Sigue cuentas que muestren la maternidad real con su desorden, caos y vulnerabilidad. Ver la realidad de otros puede ser profundamente sanador.
- Filtra y diversifica: Selecciona conscientemente a quién sigues. Si una cuenta ya no guarda sintonía con tu realidad o se convierte en una fuente de malestar, deja de seguirla.
- Evita el uso nocturno: El consumo de redes antes de dormir afecta la calidad del sueño y te encuentra en un momento de mayor vulnerabilidad emocional.
- Crea zonas libres: Establece horarios específicos para ver redes y no permitas que invadan el tiempo de juego o conexión con tus hijos.
4.Qué hacer en el momento de crisis
Si acabas de ver una imagen que te hizo sentir mal, no te castigues. Realiza estos pasos para volver a tu presente:
- Haz una pausa consciente: Suelta el celular y respira.
- Conéctate con lo concreto: Observa a tus hijos, tu hogar o la actividad que estés haciendo. Pregúntate: “¿Qué está pasando aquí y ahora conmigo?”.
- Ponle nombre a la emoción: Nombrar el temor o la culpa ayuda a tomar distancia y ver la comparación como lo que es: algo sesgado.
- Recuerda lo humano: Eres madre, pero también un ser humano con una historia propia. El ideal de las redes es una construcción digital, no la vida completa.
No olvides que ya estás haciendo lo suficiente. Tu valor como madre no se mide por la perfección de lo que muestras, sino por la forma en que acompañas, sostienes y estás presente en la vida de tus hijos. Y si la autoexigencia empieza a sentirse demasiado pesada, no tienes por qué cargarla sola. Hablar de lo que sientes y pedir apoyo también es una forma de cuidar tu maternidad.
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NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.

















