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Ser fan es, en muchos sentidos, una de las experiencias más emocionantes que existen. Es conectar con esa canción que parece perfectamente escrita para uno, esperar con ilusión cada lanzamiento o sentir que ese artista que tanto admiramos nos acompaña incluso en los días más difíciles.
Ser fan es, en muchos sentidos, una de las experiencias más emocionantes que existen. Es conectar con esa canción que parece perfectamente escrita para uno, esperar con ilusión cada lanzamiento o sentir que ese artista que tanto admiramos nos acompaña incluso en los días más difíciles.
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Y quien es un gran seguidor de un cantante o grupo— y me incluyo —lo sabe: ahorrar, madrugar por una entrada, reorganizar planes, trasladarse a otra ciudad o país si es necesario o querer estar lo más cerca posible en un concierto.
Con la llegada de BTS a Lima este octubre, siento que esa emoción vuelve a aparecer con fuerza, teniendo en cuenta que el Army, es uno de los fandom más apasionados y comprometidos a nivel mundial. Porque para ellos, no es solo la expectativa de ver a su grupo de K-Pop favorito en vivo, sino en todo lo que se mueve alrededor: la necesidad de estar, de no perderse el momento y de formar parte de algo que se siente único.
Sin duda, creo que hay algo profundamente interesante en lo que significa ser fan. A lo largo de la historia lo hemos visto una y otra vez: desde la Beatlemanía en los años 60 hasta fenómenos más recientes como el The Eras Tour de Taylor Swift. Porque junto con la emoción, en algunos casos, también aparecen la ansiedad, la urgencia y, a veces, conductas que desde afuera pueden parecer difíciles de entender.
¿Fan o fanático? La delgada línea emocional
Hay una emoción muy particular en admirar a alguien. Empieza como un pequeño destello: una canción que se repite, un álbum que se vuelve refugio y una figura pública que inspira. Pero, en algún punto—difícil de precisar— esa admiración puede transformarse en algo más absorbente, más urgente e incluso más difícil de soltar.
El psicólogo Adam Borland, de Cleveland Clinic, describió ese momento como un quiebre silencioso: la admiración deja de ser una fuente de disfrute y pasa a ocupar un lugar dominante en la vida emocional y conductual de una persona. “Ya no es solo interés, sino una necesidad, por lo que la conexión con ese artista se vuelve constante, casi imprescindible, y los límites —de tiempo, atención o incluso recursos— comienzan a diluirse”, aseguró a Somos.
Sin embargo, no todo entusiasmo intenso es necesariamente problemático. El docente de filosofía, Víctor Casallo, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM) hace una distinción clave: existen fans profundamente apasionados que no cruzan esa línea hacia el fanatismo. Son personas que comparten su afición, la discuten, la expanden y, sobre todo, pueden ponerla en perspectiva frente a otros. Incluso cuando alguien no comparte su interés —o lo critica—, no sienten que su identidad esté en juego. El fanático, en cambio, vive esa admiración como algo absoluto, casi incuestionable.

Entonces, ¿qué hace que algunas personas sean más vulnerables a cruzar esa frontera? De acuerdo con la psicóloga Alexandra Sabal, de la Clínica Ricardo Palma, hay ciertos rasgos que funcionan como terreno fértil: una alta sensibilidad emocional, la necesidad de pertenecer, la tendencia a idealizar y, en algunos casos, la impulsividad o la ansiedad. En esos contextos, la figura admirada puede convertirse en un ancla emocional, una forma de llenar vacíos o encontrar sentido.
Y si bien este fenómeno no es nuevo, el escenario actual lo ha amplificado de manera radical. “Aunque la base psicológica del fanatismo es la misma de siempre, el entorno digital ha intensificado el vínculo. Antes, la distancia marcaba límites claros, en cambio, hoy, las redes sociales generan una ilusión de cercanía permanente. El artista ya no es una figura lejana, sino alguien que “aparece” a diario y que comparte fragmentos de su vida en tiempo real. Esa inmediatez refuerza la sensación de intimidad y, con ella, el apego”, destacó Liliana Tuñoque, psicoterapeuta de Clínica Internacional.
Lo que BTS y otros artistas despiertan en sus fans
Para millones de personas seguir a un artista no es solo música, sino una experiencia profundamente emocional. Detrás cada lanzamiento y mensaje, definitivamente, hay mucho más: una sensación de compañía, comprensión y, sobre todo pertenencia.
En la adolescencia, ese vínculo puede cobrar una fuerza particular. Como explicó el psicólogo José Chávez, de Sanitas Consultorios Médicos, el fanatismo en esta etapa está íntimamente ligado a la construcción de la identidad, ya que un adolescente puede encontrar en su ídolo una forma de definirse y sentirse incluido. Mientras que, en la adultez este fenómeno se convierte más bien en un espacio de validación social y hasta en un refugio frente a las presiones cotidianas.
Dicho esto, el ser fan no es bueno o malo en sí mismo, de hecho, puede ser ambas cosas. “Por ejemplo, cuando un joven se vuelve más sociable, expresa sus emociones o reduce su ansiedad gracias a su participación en un fandom, estamos ante una función adaptativa. Pero cuando ese mismo espacio se convierte en una vía constante de escape para evitar problemas —como el estrés académico o laboral—, entonces aparece su lado evasivo”, señaló el psicólogo.
Parte del poder de estos fenómenos globales, radica en cómo están construidos. Según el especialista Adam Borland, la conexión emocional se sostiene sobre varios pilares: la cercanía percibida, la identificación, el contenido constante y la sensación de formar parte de algo más grande. Por eso, no es casualidad que artistas como BTS, Bad Bunny o Taylor Swift compartan mensajes frecuentes, íntimos y cargados de significado; esa constancia refuerza el vínculo hasta volverlo emocionalmente relevante.
Y dentro de ese universo, los mensajes importan, y mucho. Las narrativas sobre autoestima, superación o comunidad no solo inspiran: hacen que los fans se sientan comprendidos. “Pueden generar una sensación de validación y apoyo incluso sin una interacción directa”, sostuvo Borland. En otras palabras, el fan no solo escucha música, sino que siente que alguien le habla directamente.
Ese sentimiento se amplifica cuando aparece el fandom. Comunidades como el ARMY, los Swifties o los Directioners no solo giran en torno a un artista, sino que construyen códigos propios, lenguaje compartido y experiencias colectivas. Allí, la necesidad humana de pertenecer encuentra un espacio importante. “No es solo admirar, es compartir con otros que sienten lo mismo. Y en ese compartir, muchas personas encuentran reconocimiento, apoyo emocional y un lugar donde encajan”, mencionó el experto de Cleveland Clinic.

¿Por qué sientes que conoces a tu artista favorito?
Cuando el celular vibra y, aunque no es un mensaje de un amigo ni de alguien cercano, sino la historia, el video o una actualización de un ídolo, la reacción es casi la misma: una mezcla de emoción, curiosidad y esa pequeña sensación de conexión.
Lo curioso es que, en sentido estricto, esa relación no existe como tal, ya que nunca han hablado, nunca se han visto y no ha habido un intercambio real. Sin embargo, para Víctor Casallo, lo que entendemos por “relación real” no depende únicamente de la presencia física ni del contacto directo.
Por ejemplo, un amigo lejano o incluso un ser querido fallecido pueden sentirse profundamente presentes en nuestra vida. Lo mismo ocurre, en otro nivel, con figuras públicas o personajes como Harry Potter: no los confundimos con la realidad cotidiana, pero sí pueden tener un impacto auténtico en cómo pensamos, sentimos y actuamos.
“Lo que vuelve “real” a un vínculo no es solo su existencia física, sino su relevancia. Algo o alguien puede influir en nuestras decisiones, movilizarnos emocionalmente o incluso empujarnos a actuar. En ese sentido, los vínculos parasociales también pueden ser significativos: pueden inspirar acciones solidarias, por ejemplo”, subrayó el docente de filosofía.
Y es que su construcción tiene una base bastante clara: la repetición. Según Adam Borland, cuando más vemos, escuchamos o seguimos a una figura pública, más familiar nos resulta. Además, el cerebro, el cual está diseñado para interpretar la familiaridad como cercanía, empieza a procesar esa relación como si fuera íntima. Así nace lo que él experto denominó como una “ilusión de amistad”, es decir, una conexión emocional que se siente genuina, aunque no haya reciprocidad.
Entonces, ¿estos vínculos suman o pueden perjudicar a las relaciones reales? Para Miguel Flores, psicólogo de la UARM, la clave está en el equilibrio, pues en su forma más saludable, un vínculo parasocial puede ser simplemente una experiencia más dentro de la vida de una persona, algo que incluso puede enriquecer sus relaciones con otros al convertirse en tema de conversación o interés compartido. No obstante, el problema aparece cuando ese vínculo deja de ser “uno más” y empieza a ocuparlo todo.
Ahí es donde surgen algunas señales de alerta, como:
- Cuando el ser fan se vuelve la única característica relevante de una persona y, de ese modo, empobrece la identidad personal.
- Cuando el grupo con otros fans se vuelve el único espacio de socialización y el fanatismo el único tema de relación.
- Cuando dedicar tiempo a otras actividades se vuelve difícil y, al hacerlo, aparece la culpa.
“En general, cualquier experiencia se vuelve problemática cuando limita la capacidad de disfrutar la vida o afecta el desarrollo personal, social o laboral”, advirtió el psicólogo.
¿Hasta dónde es sano ser fan?
Ser fan no es solo saber las canciones de memoria o contar los días para un concierto. Para muchas personas, es una fuente real de bienestar. Como refirió Liliana Tuñoque, este vínculo puede aumentar la sensación de felicidad, reducir el estrés y fomentar la socialización. Incluso, hay estudios que respaldan que estas conexiones pueden mejorar el estado de ánimo y servir como un motor de motivación e inspiración.

Pero como todo en la vida, el equilibrio es la línea que lo cambia todo. “Cuando la identidad empieza a girar únicamente en torno al fandom o a un artista, aparecen ciertos riesgos. En caso más extremos puede surgir dependencia emocional, frustración e incluso dificultades en las relaciones personales. De igual manera, la tolerancia a la crítica disminuye, el estado de ánimo se vuelve más inestable y, si ese lazo se debilita, puede aparecer una sensación de vacío difícil de maneja”, resaltó la psicoterapeuta.
De hecho, este mismo componente emocional puede ayudar a entender por qué situaciones como intentar conseguir entradas para un concierto pueden volverse tan intensas. El psicólogo Adam Borland lo resumió así: no se trata solo de asistir a un evento, sino de vivir una experiencia cargada de significado. Para muchos fans, representa pertenencia, conexión y una oportunidad que se percibe como única.
A esto se suma un factor clave: el miedo a quedarse fuera, conocido como FOMO. Ver que otros sí lo logran incrementa la ansiedad, la urgencia y, en algunos casos, la desesperación. El cerebro interpreta que se está frente a algo irrepetible, y reacciona en consecuencia.
Esa intensidad también se refleja en conductas como acampar durante días o semanas fuera de un estadio. Lejos de ser solo una “pasión exagerada”, Borland indicó que detrás suele haber una fuerte necesidad de cercanía emocional y de identificación con la figura pública. La experiencia no es solo el concierto: es todo lo que rodea el momento, percibido como algo especial, casi irremplazable, que lleva a priorizarlo por encima de la comodidad o incluso de otras necesidades.
Sin embargo, ¿qué pasa cuando no se logra? Cuando la entrada no llega, la frustración puede ser muy real. En estos casos, el psicólogo José Chávez recomendó que lo primero es no invalidar esa emoción. Sentirse triste o decepcionado es completamente válido, pero es importante ponerlo en perspectiva. No asistir a un evento no rompe el vínculo con el artista ni define el valor personal. Asimismo, es fundamental reducir la exposición al contenido que intensifique la frustración, evitar comparaciones constantes y trabajar en la autorregulación emocional.
Al final, lo más importante es entender que no tiene nada de malo admirar a una figura pública, sino aprender a hacerlo sin perder la propia identidad en el proceso. Para Chávez, el secreto está en mantener la diversidad de intereses. “El fanatismo debe ser una parte de la vida, no la vida entera. Disfrutarlo como una fuente de alegría—y no como una obligación— implica también poner límites: cuidar el tiempo, el espacio emocional y asegurarse de que no interfiera con la vida cotidiana”.
Porque ser fan puede sumarnos muchísimo, siempre y cuando, no nos quite lo esencial: nuestro propio equilibrio.
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