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¿Qué pasaría si una noche, mientras limpias un museo vacío, los personajes de los cuadros comenzaran a moverse? ¿Si las tapadas limeñas descendieran de sus marcos para bailar entre telas aéreas? ¿Si los pregoneros y mercachifles retratados hace casi dos siglos por Pancho Fierro despertaran para invitarte a formar parte de su historia?
¿Qué pasaría si una noche, mientras limpias un museo vacío, los personajes de los cuadros comenzaran a moverse? ¿Si las tapadas limeñas descendieran de sus marcos para bailar entre telas aéreas? ¿Si los pregoneros y mercachifles retratados hace casi dos siglos por Pancho Fierro despertaran para invitarte a formar parte de su historia?
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Esa es la pregunta con la que se juega en “Airosa”, la nueva temporada de La Tarumba. El espectáculo sigue a una joven barrendera que, en medio de una jornada aparentemente ordinaria, ve cómo las estampas del célebre acuarelista peruano cobran vida a su alrededor. Lo que comienza como una noche de trabajo se transforma entonces en un recorrido poblado de música, humor y sorprendentes actos circenses que convierten el imaginario de la Lima del siglo XIX en una experiencia viva.

Como ocurre cada año, la carpa de La Tarumba vuelve a convertirse en una puerta hacia otro mundo. Basta cruzar la entrada para que el ritmo cotidiano quede suspendido durante un par de horas. Adentro, los artistas desafían la gravedad, los músicos acompañan cada emoción en tiempo real y la pista se transforma en el escenario donde todo parece posible.
Esa capacidad de asombro es uno de los elementos que ha convertido a La Tarumba en una tradición para miles de familias. En una época en que las pantallas dominan buena parte de nuestro tiempo, el circo conserva algo extraordinario: la posibilidad de sorprendernos colectivamente. La sensación de contener la respiración mientras un artista se eleva varios metros sobre el suelo o de aplaudir junto a desconocidos cuando un acto desafía todos los pronósticos.

La historia avanza entre personajes que saltan fuera de los cuadros, escenas inspiradas en la vida cotidiana limeña y números que reinterpretan algunas de las acuarelas más conocidas de Pancho Fierro.
La inspiración
Detrás del despliegue visual y técnico existe una historia más íntima. Cuando Carlos Olivera habla de la protagonista del espectáculo, resulta difícil separar al director artístico de La Tarumba del hijo.

La inspiración para Airosa nació mucho antes de que existieran los bocetos. Nació observando a su madre. María Natalia Mendoza llegó a Lima cuando tenía apenas nueve años. Dejó atrás su pueblo natal en Chachapoyas y, como tantas otras personas que migraron a la capital, comenzó una vida marcada por el trabajo. Con el paso de los años se desempeñó como operaria de limpieza y sacó adelante a su familia siendo madre soltera de cuatro hijos.
Olivera recuerda haberla acompañado algunas veces durante sus jornadas laborales en el Centro de Lima. Mientras ella recorría las cuadras del jirón Cailloma con una escoba en la mano, él aprovechaba para descubrir la ciudad. Recuerda los teatros, las galerías, los edificios antiguos y el movimiento constante de las calles. Pero también recuerda algo más. La sensación de que las personas dedicadas a la limpieza parecían formar parte de un paisaje que casi nadie observaba.
La idea es decirle ‘gracias’ a Airosa a través de los personajes. [...] decirle: ‘Tú tienes valor, la capacidad de transformar y ponerle color a nuestra historia’
Carlos Olivera Director artístico de La Tarumba
Con los años comenzó a notar esa invisibilidad en distintos espacios. Personas que trabajaban rodeadas de gente, pero a las que pocos prestaban atención. Esa observación terminó convirtiéndose en una de las preguntas del espectáculo.
¿Qué ocurre con quienes sostienen el día a día de una ciudad sin recibir reconocimiento? La respuesta llega a través de “Airosa”. En la historia, los personajes que despiertan de las acuarelas la reconocen. La invitan a participar de sus celebraciones, la convierten en protagonista y le recuerdan algo que ella parecía haber olvidado: que su presencia importa.

Para Olivera, el gesto tiene un significado profundamente personal. Recuerda una imagen que permanece intacta en su memoria, una de sus primeras presentaciones de La Tarumba en el Centro de Lima. Él sobre el escenario. Su madre observando desde abajo, sosteniendo una escoba y con una gran sonrisa. Hoy describe esa escena como si fuera un cuadro.
“Airosa” funciona así como una carta de agradecimiento a su madre, pero también a todas aquellas personas cuyo trabajo suele pasar desapercibido. Personas que rara vez reciben aplausos pese a desempeñar tareas indispensables para la vida cotidiana. No es casual que el espectáculo se convierta en una celebración: después de todo, reconocer también es una forma de agradecer.
Cuando las estampas despiertan
La conexión entre la historia de la madre de Carlos Olivera y el universo de Pancho Fierro apareció de manera inesperada. Después de la presentación mencionada, el director cuenta que visitó una muestra dedicada al acuarelista peruano. Al recorrerla, descubrió algo que lo sorprendió. Los personajes retratados por Fierro le resultaban familiares.

No eran héroes militares ni figuras de poder. Eran vendedores ambulantes, aguateros, pregoneros, músicos, comerciantes y trabajadores. Personajes que habitaban las calles y que rara vez ocupaban el centro de los relatos oficiales. En ellos encontró algo que le recordaba a su propia madre.
Ese espíritu atraviesa toda la propuesta de “Airosa”. La escenografía transporta al público a una Lima antigua inspirada en las casonas que aún sobreviven. Los personajes salen de las acuarelas para interactuar con la protagonista y la música en vivo acompaña el recorrido de forma precisa.
Considerado uno de los grandes cronistas visuales del Perú republicano, Pancho Fierro (1807-1879) retrató en sus acuarelas la vida cotidiana de la Lima del siglo XIX. A diferencia de otros artistas de su época, dirigió su mirada hacia personajes que rara vez ocupaban el centro de la historia oficial: aguateros, pregoneros, comerciantes, músicos, tapadas limeñas y trabajadores de toda clase. Su obra constituye hoy un valioso registro de costumbres, oficios y celebraciones populares, además de una mirada singular sobre el Perú que habitaba las calles mucho antes de la fotografía.
Un papel fundamental en esa construcción lo cumple Chebo Ballumbrosio, encargado de la dirección musical del espectáculo e intérprete del propio Pancho Fierro dentro de la puesta en escena. Su presencia funciona como un puente entre las estampas originales y esta nueva lectura circense.
Las acuarelas también encuentran nuevas formas de expresión a través de los actos. “En Amancaes” inspira un número de rueda Cyr; “Pulpería” se transforma en equilibrio sobre sillas, y “Tapadas” encuentra una traducción aérea en las telas.

Más que reproducir las obras, la propuesta busca imaginar qué ocurriría si esos personajes abandonaran sus marcos y volvieran a caminar entre nosotros. Quizás por eso la historia resulta tan cercana. Porque, aunque transcurre entre acuarelas del siglo XIX, habla de preocupaciones profundamente actuales.
Al final, Airosa comprende que forma parte de esa historia. Que su trabajo tiene un significado y su presencia deja huella. Y mientras las luces comienzan a apagarse, queda flotando una idea que atraviesa toda la propuesta. La de que quienes sostienen la ciudad también merecen ser protagonistas.
- La pista de “Airosa” está habitada principalmente por artistas peruanos, varios de ellos formados en La Tarumba y hoy con trayectoria internacional. El elenco se completa con invitados de México, Brasil, Venezuela y Hungría, reunidos para esta temporada.
- La temporada va hasta de martes a domingo, hasta el 13 de setiembre, en el C.C. Cenco Lima Sur (Chorrillos). Las entradas se pueden comprar a través de Ticketmaster. Tienen un costo entre S/70 y S/260 para adultos, o entre S/59 y S/199 para niños.
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