MexicoHay sorpresas que esperan en los lugares menos pensados. En el sótano del Museo de Historia Natural de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en plena avenida Arenales, se esconde un serpentario que pocos imaginan: un espacio donde conviven especies fascinantes bajo el cuidado de universitarios y científicos, y que desde hace apenas un par de semanas ha vuelto a abrir sus puertas al público. La propuesta es tan inusual como atractiva: recorridos guiados, curiosos y completos, que no solo invitan a quedarse más tiempo del previsto, sino también a salir con ganas de volver o, al menos, de contarle a alguien más que este lugar existe.
Hay sorpresas que esperan en los lugares menos pensados. En el sótano del Museo de Historia Natural de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en plena avenida Arenales, se esconde un serpentario que pocos imaginan: un espacio donde conviven especies fascinantes bajo el cuidado de universitarios y científicos, y que desde hace apenas un par de semanas ha vuelto a abrir sus puertas al público. La propuesta es tan inusual como atractiva: recorridos guiados, curiosos y completos, que no solo invitan a quedarse más tiempo del previsto, sino también a salir con ganas de volver o, al menos, de contarle a alguien más que este lugar existe.
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La visita no se plantea como un espectáculo, y eso se agradece. Aquí nohay estridencias ni efectos innecesarios. Lo que hay es conocimiento, interés y cuidado. Un recorrido guiado que avanza entre terrarios y pausas bien medidas, donde cada especie parece esperar su turno para ser presentada. Iván, quien lidera la experiencia en nuestra visita, no se limita a enumerar nombres o procedencias. Su tono instala desde el inicio una idea clara: entender a las serpientes es la única forma de dejar de temerles sin sentido.

Entre las vitrinas, la mirada cambia rápido. Lo que en un inicio puede generar sorpresa se transforma, poco a poco, en atención. Hay patrones que se descubren en la piel, movimientos que se vuelven hipnóticos, detalles que escapan a una primera impresión.
Pero este no es un espacio nuevo. Su historia está profundamente ligada al desarrollo de la investigación científica en el país, particularmente en el estudio de ofidios y venenos. Desde 1993, este lugar ha funcionado como un punto de encuentro entre la curiosidad académica y la necesidad médica. El trabajo impulsado por el Dr. Armando Yarlequé, referente en este campo, ha sido clave para entender el valor de estas especies más allá de su imagen.

Serpiente venenosa de coloración verde y cola prensil, útil para moverse entre los árboles. Se encuentra en la selva alta del Perú.
Especie endémica, que habita en Lambayeque, Cajamarca y Amazonas. Es venenosa y tiene manchas bordeadas de blanco en forma de X.

Serpiente venenosa endémica del Perú, que se podía encontrar con frecuencia en la franja costera del país. Actualmente, está en peligro por la invasión de su hábitat.
Especie conocida por su gran tamaño, ya que puede alcanzar hasta los 4 metros, y capacidad para atrapar y asfixiar a sus presas.

Serpiente vistosa, debido a los colores cálidos y llamativos. Bajo la luz del sol exhibe una coloración azul iridiscente.
No se trata solo de observar serpientes, sino de comprender cómo su veneno ha permitido avanzar en la elaboración de sueros antiofídicos y en el estudio de componentes con potencial uso médico. Hay, en ese cruce entre riesgo y conocimiento, una línea de investigación que sigue vigente.
La reciente reapertura responde, en parte, a la necesidad de volver a conectar ese trabajo con el público. Desde hace un par de semanas, las visitas se realizan los sábados, en grupos pequeños, lo que permite mantener un ritmo más pausado y cercano. No es casual: el formato favorece la conversación, la pregunta, el detalle.

Donde se aprende la ciencia
Detrás de cada recorrido hay un equipo que rara vez ocupa el centro de la escena, pero cuya presencia es constante. Un grupo de jóvenes universitarios son parte esencial del funcionamiento del serpentario. Muchos llegan desde carreras vinculadas a la biología o la salud, atraídos por la posibilidad de aprender en un entorno real, donde la teoría adquiere otra dimensión.
Su trabajo no es menor. Participan en la alimentación de las especies, en la limpieza de los espacios, en el monitoreo de condiciones como temperatura y humedad, y en la observación del comportamiento de cada ejemplar. Todo sigue protocolos estrictos, diseñados para garantizar el bienestar de los animales y la seguridad del equipo. Así, en nuestra visita conocimos a Iván Rodríguez, Adriel Shinzato, Yury Baca y Daniel Taipe.

Su rol va más allá del cuidado. También forman parte del proceso educativo que propone el serpentario. Acompañan las visitas, responden dudas, suman datos que complementan el recorrido. En ese intercambio, muchas veces espontáneo, se construye una de las capas más interesantes de la experiencia: la de aprender de quienes están, literalmente, formándose en el lugar.
Según lo compartido por Daniel Taipe, parte del equipo del serpentario, si uno se cruza con una serpiente en su hábitat natural, no debe intervenir de ninguna manera y evitar acercarse. Por otro lado, si se encuentra en una zona urbana, debe tener cuidado con la misma y comunicarse con el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (Serfor), al 01-2259005.
Adriel Shinzato explica que, en caso de una mordida de serpiente, es necesario mantener la calma. Lo principal es acudir al centro de salud más cercano. Además, se debe identificar el tipo de serpiente y si es venenosa o no.
Al mismo tiempo, el espacio continúa vinculado a líneas de investigación que exploran las propiedades de los venenos. Aunque no todo se muestra durante la visita, se intuye un trabajo constante, casi silencioso, que conecta este recinto con laboratorios, estudios y aplicaciones que van mucho más allá de lo visible.

Quizás por eso la visita resulta tan particular. No busca impresionar a toda costa ni agotar la información disponible. Prefiere avanzar con cierta contención, dejando que cada quien complete la experiencia a su manera. Hay datos que se quedan, imágenes que persisten y otras que se reconstruyen después. En tiempos en que las experiencias suelen ser rápidas, aquí se propone lo contrario: detenerse y mirar con atención.
Visitarlo es una forma de apoyar un trabajo que lleva años desarrollándose y que hoy vuelve a abrirse al público con la misma convicción de siempre. Y también, por qué no, una oportunidad para salir con una idea distinta en la cabeza.

Porque entre lo que se muestra y lo que se intuye, el serpentario sigue cumpliendo su mejor función: recordarnos que incluso aquello que más sorprende o incomoda puede ser, también, profundamente fascinante.
Dirección: Dentro del Museo de Historia Natural UNMSM (Av. Gral. Juan Antonio Álvarez de Arenales 1256, Jesús María)
Horarios: Sábados, de 10 a.m. a 2 p.m.
Redes sociales: @serpentarioswaldomeneses
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