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“Quiero que tenga todo lo que yo no tuve”. Para muchos padres, esa frase nace del amor más puro y del deseo más genuino de ofrecerles a sus hijos una infancia feliz. Pero, a veces, detrás de un regalo, una experiencia o de un “sí” puede esconderse también una necesidad propia. Porque, ¿quién no quiere darle lo mejor a alguien que ama, en especial a un hijo, aun cuando uno no haya recibido lo mismo durante su propia niñez? Por eso, no se trata de juzgar a los padres, sino de preguntarse desde dónde están dando: ¿desde el amor o, sin darse cuenta, desde el deseo de reparar la propia historia?
“Quiero que tenga todo lo que yo no tuve”. Para muchos padres, esa frase nace del amor más puro y del deseo más genuino de ofrecerles a sus hijos una infancia feliz. Pero, a veces, detrás de un regalo, una experiencia o de un “sí” puede esconderse también una necesidad propia. Porque, ¿quién no quiere darle lo mejor a alguien que ama, en especial a un hijo, aun cuando uno no haya recibido lo mismo durante su propia niñez? Por eso, no se trata de juzgar a los padres, sino de preguntarse desde dónde están dando: ¿desde el amor o, sin darse cuenta, desde el deseo de reparar la propia historia?
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¿Le estás dando a tu hijo lo que él necesita... o lo que a ti te faltó?
Darle a un hijo lo que uno no tuvo no tiene por qué ser un problema, incluso es algo totalmente natural. Sin embargo, el error surge cuando esa intención empieza a confundirse con la necesidad de reparar la propia infancia.
Para Marcela Quispe, psicóloga de la Universidad Autónoma del Perú, esta decisión puede ser saludable cuando un padre puede reconocer que tuvo carencias y, a partir de esa experiencia, decidir conscientemente ofrecer algo diferente. El problema aparece cuando siente que su hijo “debe tener todo lo que yo no tuve”, incluso aquello que no necesita o ni siquiera desea. En ese momento, como explicó a Somos, la decisión puede estar respondiendo más a la historia del adulto que a las verdaderas necesidades del niño.
Y es que la propia infancia puede reaparecer en decisiones aparentemente cotidianas. Ver a un hijo disfrutar de algo que uno deseó mucho y nunca pudo tener puede despertar recuerdos o emociones que parecían superadas. En este sentido, la psicóloga pediátrica Vanessa Jensen, de Cleveland Clinic, señaló que esto no significa necesariamente que el padre esté actuando mal, pero sí puede ser una oportunidad para preguntarse si está respondiendo al hijo que tiene delante o a una necesidad emocional propia.
“Una forma sencilla de hacer esa distinción es detenerse antes de comprar o conceder algo”, planteó María Vittoria Passaro, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM). ¿Es algo que mi hijo necesita? ¿Me ha dicho que lo quiere? Y si no lo ha pedido, ¿conozco lo suficiente sus gustos como para saber que realmente le hará ilusión? Si ninguna de estas preguntas tiene una respuesta afirmativa, quizá convenga revisar de quién es realmente ese deseo.

Esto también puede ocurrir más allá de los regalos. Por ejemplo, un padre al que le apasiona el fútbol puede querer inscribir a su hijo en ese deporte o regalarle una pelota, aunque el niño prefiera dibujar o montar bicicleta. No necesariamente hay una mala intención detrás, pero muchas veces la proyección ocurre sin que el adulto se dé cuenta.
Y eso no significa que esté mal ofrecerle a un hijo aquello que uno no tuvo. Como recalcó la psicoterapeuta Liliana Tuñoque, de Clínica Internacional, también podemos utilizar nuestra experiencia para romper patrones familiares. Si crecimos en una casa donde no se habla de las emociones, por ejemplo, puedo decidir que con mis hijos sí quiero conversar sobre lo que sienten. Eso es una transformación saludable, porque no estoy intentando que mi hijo cure mi pasado, estoy utilizando simplemente mi experiencia para construir una relación diferente con él.
Por eso, la clave no está en darle a tu hijo lo que tú no tuviste, sino en no necesitar que él lo tenga para sanar tu propia carencia.
Cuando los regalos empiezan a ocupar el lugar de la presencia
Aunque la propia historia influye en lo que los padres compran, el problema aparece cuando esos objetos empiezan a ocupar el lugar de aquello que el niño realmente necesita. Por ello, un regalo puede convertirse, sin que el padre lo advierta, en una manera de aliviar la culpa por una ausencia.
César Sotillo, terapeuta psicoanalítico, explicó que un padre que pasa muchas horas fuera de casa puede intentar compensarlo con gestos materiales. Sin embargo, difícilmente una gran cantidad de regalos puede suplir la presencia física y emocional que un niño necesita para construir sus vínculos.
“El problema no está en regalar, sino en qué lugar empieza a ocupar ese regalo. El niño recibe cada vez más y, al mismo tiempo, se va quedando más solo. Puede tener juguetes, ropa, dispositivos o experiencias, pero seguir necesitando algo que ningún objeto puede ofrecerle: que lo escuchen, que compartan tiempo con él y que presten atención a lo que siente”.

La forma que toma esta compensación también puede cambiar con la edad. Según Jenny Adanaque, psicóloga de la Universidad Científica del Sur, en la adolescencia, por ejemplo, puede expresarse a través de un celular de alta gama, ropa costosa, dinero, viajes o una mayor libertad, incluso con la intención de evitar que el hijo se sienta excluido frente a sus amigos.
Y ahí entra una presión que los padres conocen bien: “Todos mis compañeros lo tienen”. Por eso, antes de convertir esa frase en una compra, Liliana Tuñoque recomendó hacer una pausa. Si un adolescente pide el último celular, por ejemplo, conviene preguntarse: ¿realmente lo necesita?, ¿el que tiene ya no cumple su función?, ¿o temo que se sienta menos que los demás? Esa diferencia permite separar una necesidad concreta de la presión social.
Lo mismo ocurre con los límites. Un padre que sufrió muchas restricciones durante su infancia puede sentirse tentado a decir que sí para evitarle a su hijo una frustración que él conoce demasiado bien. Pero poner un límite no significa querer menos, así como concederlo todo tampoco es una prueba de amor.
Esta dinámica se complica aún más cuando los padres no están de acuerdo. Y es que, si uno sobrecompensa y el otro intenta poner límites, el niño puede aprender rápidamente a quién acudir para obtener un sí, mientras los adultos quedan atrapados en los papeles del “bueno” y el “malo”.
Por eso, antes de discutir solamente si algo se compra o no, puede ser más útil preguntarse qué hay detrás de la decisión de cada uno. Quizá uno está poniendo un límite desde la preocupación y el otro está concediendo desde el recuerdo de aquello que le faltó.
Al final, no se trata de cuánto puede darle un padre a su hijo, sino de si aquello que está dando está ocupando el espacio de algo que el niño necesita mucho más: presencia, escucha, afecto y límites que permitan crecer.

Tu hijo no tiene que reparar tu infancia
Reconocer que algunas decisiones están atravesadas por nuestra propia infancia no significa dejar de darle cosas a nuestros hijos ni sentirnos culpables cada vez que queremos ofrecerles algo mejor. Significa hacer una pausa antes de actuar desde esa emoción.
Antes de comprar, prometer o conceder algo, podemos preguntarnos:
- ¿Mi hijo realmente necesita esto o soy yo quien está especialmente ilusionado con dárselo?
- ¿Qué siento si no puedo dárselo?
- ¿Estoy intentando evitarle una experiencia que yo sufrí?
- ¿Estoy comprando esto porque me siento culpable?
- ¿Qué necesita de mí en este momento: otro objeto o tiempo, escucha y acompañamiento?
Porque, como nos recuerda Liliana Tuñoque, la reparación de nuestra propia historia tiene que ocurrir en nuestra vida adulta, no a través de nuestros hijos. Podemos reconocer aquello que nos dolió, hablar de ello, trabajarlo y permitirnos hoy disfrutar de cosas que antes no pudimos tener. Lo que no podemos hacer es convertir a nuestros hijos en los encargados de darle un final distinto a nuestra infancia.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas de romper un ciclo: no intentar que nuestros hijos tengan una infancia perfecta, sino procurar que tengan una infancia que sea verdaderamente suya.
Tu hijo no tiene que recibir todo lo que a ti te faltó. Tiene que poder recibir lo que él necesita. Y tal vez parte de sanar esa historia sea entender que ya no necesitas vivirla nuevamente a través de él.
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