Por Leonardo Ledesma Watson

Hubo un tiempo en que Hollywood podía fabricar la imagen inamovible y absoluta de sus actores. Algunos eran rudos y de mirada inconfundible como Humphrey Bogart, otros mucho más enérgicos, casi volcánicos, como James Cagney. La línea entre el intérprete y el personaje era difusa, y aunque en Casablanca, Bogart es Rick Blaine, y en Ángeles con caras sucias, Cagney es Rocky Sullivan, seguramente, si estuviésemos frente a un cine de la época, antes de comprar las entradas, diríamos hay que ver la última de Bogart o la nueva de Cagney, porque además de grandísimos actores eran un concepto, una idea, una marca que aparece en la mente de quien la escucha nombrar. Hoy, esa especie en extinción tiene a los últimos miembros de dicha estirpe: Tom Cruise y Brad Pitt.

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