Por Milenka Duarte

Desde junio del año pasado tengo una construcción frente a mi casa. Y como si no fuera suficiente, en un mes empezará otra al costado. Desde entonces, algo tan simple como abrir la ventana se ha convertido en una pequeña batalla cotidiana: elegir entre dejar entrar un poco de aire para aliviar los casi 30° grados del verano limeño o mantenerla cerrada para que el polvo no invada todo. Aunque para ser honesta, el polvo igual encuentra la forma de estar presente. Aparece sobre los muebles recién aspirados, se acumula en los bordes de las ventanas y, en mi caso, se traduce en congestión, alergia constante y esa sensación de que el aire dentro de mi hogar ya no es tan limpio como debería.

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