Domingo, 14 de mayo de 2006
Letras: Esta ciudad en todas sus formas

Lima y los poetas, una historia de amor y odio. Acaba de aparecer el libro En la comarca oscura. Lima en la poesía peruana, 1950-2000. Se trata de un corte transversal en el estudio de los procesos de representación de nuestra poesía: la ciudad es un núcleo simbólico y referencial con el que las distintas voces negocian su identidad y su destino.



Cuando se habla de la relación entre Lima y los poetas peruanos, lo primero que uno recuerda es el final del poema de Cesar Moro, Viaje hacia la noche. Ahí, luego de una intensa nómina de caballos esqueléticos, hienas y eclipses, el poeta firma: "en Lima, la horrible. Agosto de 1949". La frase, con todo lo que tiene de lapidaria, sintetiza no solo la actitud del autor de La tortuga ecuestre, sino de la mayoría de poetas que han venido después de él. La ciudad -Lima- es un monstruo pacato y gris, que aplasta cualquier proyecto; pero también un símbolo que encarna el fracaso de la sociedad occidental como intento de ordenación del bienestar común. Por eso, como se señala En la comarca oscura, las referencias básicas a Baudelaire, nombre clave en la fundación de la modernidad lírica: "¡Ciudad hormigueante! ¡Ciudad llena de sueños, / donde el espectro a pleno día atrapa al que pasa!", dice Baudelaire en Las flores del mal. La ciudad es, en ese sentido, un espacio simbólico en el que nuestros poetas negocian con su tradición: se alejan, se acercan, entran en pugna.

Pero hay otro gran referente en la concepción lírica de la ciudad moderna: el estadounidense Walt Whitman. Para éste, sin embargo, la urbe no es un enemigo sino un espacio propiciatorio para el despliegue de una voluntad abarcadora y democrática. Algunos de nuestros poetas, como Jorge Pimentel (a quien se evalúa en el libro con profundidad, evidenciando sus aciertos y falencias), han asimilado esta lección whitmaniana, adaptando los recursos y el tono de sus versos a la compleja y caótica realidad de nuestra capital. Los poemas de Pimentel intentan recorrer las calles como radares nerviosos, introduciéndose en las vidas pequeñas y anónimas de las clases oprimidas, aunque subrayando, a la vez, la presencia del poeta como profeta y visionario que anuncia el fin de todos los yugos. Entre ambos polos, entonces, entre esta suerte de asimiliación coral de las calles y el ritmo de los tiempos, y el gesto baudelaireano de rechazo a la ciudad, que es al mismo tiempo un ensimismamiento y una nostalgia, se ha ido construyendo el perfil de nuestra tradición.

LA MISERIA, LA TRISTEZA Y LOS REFUGIOS

En la comarca oscura, que es un libro escrito a seis manos (Carlos López Degregori, José Güich Rodríguez y Luis Fernando Chueca), propone una lectura de quince poetas peruanos que, desde distintas perspectivas, han reconocido -y se han reconocido- en la ciudad de Lima. Entre las indagaciones más interesantes está la realizada sobre el trabajo de Washington Delgado, quien en Historia de Artidoro (1994) juega con la relación tirante entre un personaje y la ciudad, generando así un engranaje de símbolos que se complementan: Artidoro es la memoria de un sueño posible (una utopía de justicia y solidaridad, digamos), y Lima es la comprobación concreta y contundente de que ese sueño es irrealizable. De ahí el sorprendente equilibrio entre desesperanza y lirismo. También destaca el texto sobre la poesía de Cesáreo Martínez, y su peculiar capacidad para generar una intensa fricción expresiva entre la migración andina y la ciudad. La voz poética es, en este caso, la voz migrante, que observa cómo todo su poderío mítico se deshace en las fauces de la ciudad: divinidad sorda a la invocación agónica de quienes intentan reconocerse como sus hijos adoptivos.

Pero uno de los textos más reveladores es el dedicado a Luis Hernández, autor de una obra brillante y trunca que funciona, a su vez, como potente representación de otras cosas: la imposibilidad -y la subsecuente negación- de cualquier proyecto verdadero (creativo o vital, no importa) en el marco de la "oficialidad"; la diseminación de un estilo, en tanto signo de identidad, en un movido mar de referentes, citas, plagios, interpretaciones, reelaboraciones, etc.; y, finalmente, la escritura como refugio, como espacio para la evasión, el juego o el placer. Y es ahí, precisamente, donde incide el sentido del planteamiento esbozado por En la comarca oscura: Hernández hace de Lima un lugar simbólico en el que se homologan miseria y tristeza, en el que los "otros" (enfermos, locos, pobres) son sistemáticamente excluidos, y del que, paradójicamente, no se puede escapar, salvo por breves momentos, gracias a circunstancias muy específicas o a determinados inductores: el mar, los paraísos artificiales, la música.

LAS OTRAS MIRADAS

El volumen se completa con apuntes sobre las obras de Pablo Guevara, Carlos Germán Belli, Antonio Cisneros, Marco Martos, Abelardo Sánchez León, Carmen Ollé, Róger Santibáñez, Domingo de Ramos, Monserrat Álvarez, Martín Rodríguez-Gaona y Miguel Ildefonso. Llama la atención la ubicación, en la topografía de nuestra tradición, de un poeta como Sánchez León, que desde su condición de limeño de clase acomodada, da cuenta de las convulsiones que enfrenta la ciudad, y de cómo los agentes de su propio entorno sencillamente no registran el cardiograma de dichas convulsiones. El penúltimo capítulo de En la comarca oscura, que es una necesaria reivindicación, se sumerge en la obra de Martín Rodríguez-Gaona, y, sobre todo, en Pista de baile (1997), su segundo libro, acaso el poemario más intensamente -certeramente- renovador de las formas expresivas en el panorama de la poesía peruana posterior a la década del sesenta. Pista de baile poetiza la Lima de los noventa desde una mirada "hipercoloquial", "ultracotidiana", que alcanza "una contundencia textual pocas veces lograda en nuestra tradición".



Diego Otero
4 Recuadro: Fragmento de un poema de Cesáreo Martínez



Mandato de detención será efectivo si pena es superior a un año de cárcel
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