Semblanza. Daniel Alomía Robles

Ella me lo cuenta todo

El próximo 17 de julio se conmemoran 65 años de la muerte del compositor Daniel Alomía Robles, autor de "El cóndor pasa". Esta es mi manera de recordarlo, a través de las dos mujeres que más lo amaron

Marcela Robles (*)

Se pone de pie con toda su estatura, parece una cuerva. Una bella cuerva pálida en todo su esplendor. Me visita de pronto cuando se hace un silencio. Un silencio de hijo, de amigos, de amantes. Es entonces cuando Carmela se presenta. Como un don. Ella habla por mí y me lo cuenta todo. Su traje largo de seda negro intimidante que usaba hasta los tobillos me impresiona, quisiera poder usarlo pero sé que solo ella puede, que nadie más podría vestirse así en este lugar, en este pasadizo de la memoria que conduce a un hotel poblado de hermosos fantasmas. Como jugando, mi hermana Delba y yo le levantamos la falda porque sabemos que mi abuela está desnuda debajo de su mortaja, lista para irse, siempre limpia, siempre perfumada, con ese olor a talco que guarda en una polvera que parece un dibujo en un cuento árabe. Me visita con esa impecable cercanía de los sueños, desprovista de la presencia terrenal que yo reclamo ahora, acaso tarde, para que me cante canciones de cuna. Abuela, ¿estás ahí?

Todos han hablado alguna vez de la canción que ha sido declarada públicamente la más hermosa del mundo, la que hicieron famosa Simon y Garfunkel, interpretada en setenta lenguas, setenta veces siete. Pero nadie menciona ni en voz baja tu nombre, Carmela, y muy pocos recuerdan que fuiste la segunda esposa de Daniel. Que fabricabas y vendías flores de papel crepé en Nueva York para sobrevivir, haciéndote cargo de todos y de todo, mientras él componía frente al piano, indiferente a las pequeñas tragedias domésticas. Abuela, ¿puedes escucharme?

Carmela Godoy Agostini amó a Daniel desde que lo vio por primera vez, en el preciso momento en que comprendió que debía esconder ese sentimiento porque él ya estaba perdidamente enamorado de su hermana mayor, Sebastiana, la pianista tuberculosa a la que Daniel había conocido en el andén de Jauja.

"Chana", como la llamaban cariñosamente, había ido a convalecer de su temible mal, mientras Daniel andaba en la región en busca de melodías andinas. Se hizo legendaria la visión de la aristócrata pálida y leve descendiendo del tren en medio de la bruma de la estación, a 3 mil metros de altura, junto a un piano de cola. Todo el romance después, Chana se curó por amor, se casó con Daniel y tuvieron 10 hijos. Años más tarde, moriría no de tuberculosis sino de cáncer, en la ciudad de Nueva York, adonde habían decidido establecerse finalmente, y donde vivieron el final de su historia el músico y la pianista.

Fue tan solo natural que Daniel se fijara entonces en Carmela, mi abuela paterna, la hermana más joven de Chana, quien la había acompañado durante los últimos años de su enfermedad. Daniel la desposaría más adelante, porque ella no había dejado de amarlo a pesar del tiempo transcurrido, de los diez hijos, y de su hermana muerta.

Carmela, cuñada de Daniel, heredó de ellos no solo el amor que se tenían, sino su música, la cual se dedicó a difundir su vida entera; heredó a sus diez hijos, que se convirtieron en doce, porque Carmela alumbraría luego de la muerte de Chana a Armando, mi padre, y a su hermano Mario, dos de los sobrevivientes de esta historia, que continuará

(*) Marcela Robles es poeta y periodista. Este es el fragmento de un texto inédito sobre la vida de su abuelo Daniel y sobre las dos mujeres que más amó.

PERFIL
Así cantaban Los Andes
Nombre: Daniel Alomía Robles (Huánuco, 1871 - Lima, 1942)
Profesión: Reconocido compositor y musicólogo
Trayectoria: Fue un infatigable compositor de honda raigambre andina. Sus conceptos musicales difieren radicalmente del academicismo de la época. Fue el primer compositor peruano que basó su trabajo en la investigación y el estudio constante de los materiales sonoros andinos.
Obras: Aparte del internacionalmente reconocido "El cóndor pasa", puede mencionarse entre sus obras la ópera Illa Cori (o La Conquista de Quito por Huayna Cápac); la zarzuela Alcedo, de la que solo queda la Sereneta; la opereta La Perricholi, de la cual se han encontrado fragmentos; 88 canciones para voz y piano, una Misa de gloria (1909); los poemas sinfónicos El indio, El amanecer andino y El surgimiento de los Andes; y numerosas piezas para piano.

Su legado Casi el total de sus cientos de composiciones fueron editadas en 1990 por el Concytec. La colección facsimilar de toda su obra acaba de ser donada el 2006 a la Pontificia Universidad Católica del Perú, en cuyo Centro de Etno musicología se digitaliza y preserva para las futuras 
generaciones.