Especial. Semana de bandera

Nueva forma de jironear por la Unión

Crónica. PASADO Y PRESENTE
El conocido Jirón de la Unión fue una de las primeras calles diseñadas por Pizarro como una zona comercial y de tránsito. A inicios de 1900 fue la cuna de la élite limeña pero ya no lo es más

Por Elizabeth Salazar Vega

Artidoro, el personaje del último poema del desaparecido poeta Washington Delgado, se detiene en las calles de la vieja Lima para escuchar la voz de los tiempos pasados. Ingresa a "las ruinas del Jirón de la Unión, clavel marchito de un Perú de metal y de melancolía" y camina hacia la muerte acompañado por un vals que pide borrar los rastros de su fosa. Los rastros borrados, en realidad, parecen ser vivencias de pies centenarios que se indignarían al saber que se ingresa a este jirón a comprar un polo de diez soles sin saber qué clavel se está pisando.

DE MERCADERES Y ESPADEROS
Los peatones se detienen en cada semáforo en rojo y se lanzan en tropel por esta calle que tomó vida en 1535 cuando el mismo Francisco Pizarro mandó a hacer el plano de Lima. El historiador César Coloma Porcari cuenta que al principio esta fue la vía que unía la Plaza de Armas con el camino rural al sur de la capital, pero con la creación de la estación del ferrocarril a Chorrillos en lo que ahora es la plaza San Martín --a mediados de 1800-- esta tomó mayor preponderancia como zona de tránsito y se afianzó más cuando la plaza se constituyó como tal.

"Desde su fundación el Jirón de la Unión fue el primer centro comercial de Lima", agrega el sociólogo Eduardo Arroyo en su libro "El Centro de Lima, uso social del espacio".

En el siglo XVII cada cuadra de Lima tenía su propio nombre, tenía su identidad. La cuadra 1 es el puente de Piedra, hasta hoy. Un pequeño cartel pegado en un muro de la cuadra 2 recuerda que esta se llamaba Palacio, lugar donde sobrevive la casa de Jerónimo de Aliaga. "El jirón ha mejorado, pero ya no es lo que era. Ahora venden CD piratas a todo volumen y hay una discoteca junto a nuestra casa. No podemos seguir así", se queja Gonzalo Aliaga, heredero de una familia que ha sabido conservar el legado a lo largo de catorce generaciones.

En el Portal de los Escribanos (cuadra 3) ya no están los seis hombres que ejercían dicho oficio, solo el Club de la Unión queda de testigo. En Los Mercaderes (cuadra 4) ya no son vendidas telas provenientes de Europa, sino ropas y chompas 2 x 1; ya no encontramos al famoso hotel y restaurante Bola de Oro, sino un hostal y una pollería de luces psicodélicas. En Espaderos (cuadra 5) los 'piercing', cabinas de Internet y zapatos han desplazado a las espadas que ofrecían para batirse en duelo. En cambio, en La Merced (cuadra 6), las estampitas sacudidas en la nariz por obesas señoras que lanzan maldiciones cuando no se les compra una, avisan que uno está frente a la antigua iglesia del mismo nombre. Una joya arquitectónica de 1615 que sobrevivió dos terremotos, pero que hoy enfrenta los orines de perros y cualquier ebrio al paso.

Baquíjano (cuadra 7) y Boza (cuadra 8) le deben su nombre a aristócratas familias, pero ya no ofrecen finas joyas o perfumes franceses sino cambian oro o plata. San Juan de Dios (Plaza San Martín) obtuvo tal denominación de una congregación religiosa que instaló un hospital por aquel entonces, Belén (cuadra 10) a una capilla; y Juan Simón (cuadra 11) a una huerta cuyo propietario tenía dicho nombre.

El segundo piso de las edificaciones aún conserva su estilo colonial, neocolonial o Art Nouveau, pero en algunos casos se ha incluido espejo, vidrios y cemento contemporáneos. "El problema es que no todos los comerciantes que llegan aquí conocen el legado histórico que están tomando", señala Inés del Águila, directora del museo Josefina Ramos de Cox, que se instaló en lo que fue la casona de Bernardo O'Higgins y que hoy se encuentra oculta entre ropas y un banco.

EL JIRÓN DE VALDELOMAR
Los libros han contado de tapadas que aguardaban al novio en alguna de sus cuadras, de familias que vestían de gala para ingresar a este camino, de grandes pensadores que debatían entre sus muros. Y han dicho más todavía. Dijeron que el Art Nouveau se convirtió en huachafo, que la época señorial del Jirón de la Unión no duró más de cuatro décadas, que la invasión de ambulantes en los años 70 arrancó la última señal de élite que quedaba y que Valdelomar no habría dicho lo que creemos que dijo.

"No se ha comprobado con documentos que la frase: 'El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palace Concert y el Palace Concert soy yo', haya sido pronunciada por Valdelomar. Entre 1920 a 1950 el Jirón de la Unión fue un lugar de paseo para los aristócratas que querían lucirse y comprar las cosas de moda", añade Coloma.

¿El jirón sigue siendo el Perú? Hoy jironear esta ligado a mirar lo que se ofrece en los escaparates, a ver las luces de neón de las tiendas y oler pollo a la brasa. Para Coloma, la expansión de Lima ha hecho que Gamarra y el Megaplaza sean la nueva Lima de las compras y Larcomar el único que reúne el paseo y el comercio. "Lima sigue siendo el Perú, pero desde que esta se expandió ya no puede darse el lujo de tener solo una calle en la que confluya todo", añade.

Solo alzando la cabeza más allá de los escaparates podremos ver lo que queda de la calle que, en algún momento, tuvo el orgullo de resumir todo.